María de la Luz Camacho, la mártir de Coyoacán que desafió a los Camisas Rojas
El 30 de diciembre de 1934 murió de un disparo defendiendo su parroquia en Coyoacán. El joven que lideraba al grupo armado que la atacó llegaría, tres décadas después, a ser célebre por intentar democratizar el PRI.
Un vestido de seda verde para plantarse ante los fusiles
La mañana del 30 de diciembre de 1934, María de la Luz Camacho tenía fiebre. Llevaba días con faringitis y sus hermanas de la Tercera Orden Franciscana le habían insistido en que guardara cama. En vez de eso, se puso su mejor vestido, de seda verde con cuello blanco, y salió hacia la parroquia de San Juan Bautista, en Coyoacán, donde un grupo de jóvenes uniformados de rojo se preparaba para un mitin frente al atrio. Tenía 27 años y llevaba más de una década enseñando catecismo a los niños del barrio. Cuando los gritos contra la Iglesia empezaron a subir de tono y alguien intentó forzar la entrada del templo, ella se colocó frente a la puerta con los brazos extendidos en cruz. No llegó a moverse de ahí. Un disparo la alcanzó en el pecho y murió minutos después, mientras un fraile franciscano le administraba los últimos sacramentos en plena calle.
Su muerte suele contarse como un episodio más de la Guerra Cristera, el conflicto armado entre el Estado mexicano y comunidades católicas que estalló en 1926 tras la aplicación estricta de las leyes anticlericales del presidente Plutarco Elías Calles. Pero 1934 es una fecha que no encaja del todo en ese relato: la guerra propiamente dicha había terminado cinco años antes, con el llamado "modus vivendi" de 1929 entre la Santa Sede y el gobierno mexicano. Lo que mató a María de la Luz Camacho no fueron los cristeros armados de las cañadas de Jalisco o Michoacán, sino una segunda ola de persecución, más urbana y más política, que en la Ciudad de México llevaba camisas rojas en lugar de fusiles de campaña.
Los Camisas Rojas: el experimento de Tabasco llega a la capital
El grupo que rodeaba la parroquia esa tarde pertenecía a las llamadas Camisas Rojas, la organización juvenil creada por Tomás Garrido Canabal, gobernador y luego secretario de Agricultura, que había convertido Tabasco en un laboratorio del anticlericalismo revolucionario: templos convertidos en escuelas o establos, sacerdotes expulsados o casados a la fuerza, imágenes religiosas quemadas en plazas públicas. Cuando Garrido Canabal se trasladó a la capital en 1934 como parte del gabinete del presidente Abelardo L. Rodríguez, llevó consigo esa maquinaria de choque y la reprodujo en la Ciudad de México, donde sus jóvenes uniformados —entrenados en el manejo de armas y adoctrinados contra "el fanatismo religioso"— empezaron a organizar mítines frente a iglesias católicas.
El de Coyoacán no fue un hecho aislado ni espontáneo. Según la reconstrucción de la revista La Crónica de Hoy, los Camisas Rojas habían anunciado su mitin con antelación y la comunidad católica del barrio, alertada, se organizó para proteger el templo. El resultado fue un enfrentamiento con víctimas de los dos bandos: cinco fieles católicos murieron ese día, entre ellos María de la Luz Camacho, y un joven camisa roja, Ernesto Malda, fue linchado por una multitud enfurecida cuando intentaba huir del lugar. La violencia, en otras palabras, no fue de un solo sentido, y ningún relato serio del episodio puede omitir ese dato sin caer en la misma simplificación que critica.
Sesenta y cinco detenidos, ninguna condena
Lo que sí revela algo incómodo sobre el episodio es su desenlace judicial. De acuerdo con los registros citados por historiadores locales de Tabasco y por la propia crónica del hecho, unas sesenta y cinco personas fueron detenidas tras los sucesos —entre católicos y camisas rojas—, veintitrés llegaron a ser formalmente procesadas y ninguna resultó condenada. Un recuento adicional, recogido en investigaciones sobre la Juventud del Bloque Revolucionario tabasqueño, añade un matiz importante: no se logró demostrar en el proceso quién había disparado el arma que mató a los fieles católicos. La autoría material del disparo que acabó con la vida de María de la Luz Camacho, noventa años después, sigue sin estar judicialmente esclarecida.
El nombre que casi nunca se menciona junto al suyo
Aquí está el ángulo que la mayoría de los relatos sobre María de la Luz Camacho evita o menciona solo de pasada: entre los jóvenes que encabezaban a los Camisas Rojas de la Ciudad de México ese diciembre de 1934 estaba Carlos A. Madrazo Becerra, entonces un tabasqueño de 19 años que había llegado a la capital como parte del grupo que Garrido Canabal trasladó desde Villahermosa. Algunas fuentes devocionales, como el sitio Catholic.net, van más allá y afirman que fue el propio Madrazo quien, subido sobre la cruz atrial del templo, disparó contra la multitud católica. Se trata de una acusación grave y muy concreta —y, hasta donde ha podido contrastarse para este reportaje, aparece en una sola fuente de ese tipo, de carácter hagiográfico, sin respaldo en las crónicas periodísticas ni en los estudios académicos sobre el episodio, que describen a Madrazo como cabecilla y organizador del grupo pero no logran atribuirle individualmente el disparo mortal. La diferencia importa: la responsabilidad política de haber encabezado la organización que provocó el enfrentamiento está bien documentada; la autoría personal del tiro que mató a Camacho, no.
Lo que sí es un hecho verificable, y es la razón por la que este episodio merece leerse con otros ojos, es lo que fue después Carlos A. Madrazo. El joven camisa roja de Coyoacán se tituló como abogado en 1937, ingresó a las filas del partido oficial y construyó una carrera que lo llevó a gobernar Tabasco entre 1959 y 1964 y, sobre todo, a presidir el Comité Ejecutivo Nacional del PRI entre 1964 y 1965, cargo desde el cual impulsó una reforma para democratizar la selección interna de candidatos que chocó frontalmente con el aparato del partido y le costó el puesto. Murió en 1969 en un accidente aéreo cuyas circunstancias —un avión que se desintegró en el aire cerca de Monterrey— siguen alimentando teorías sobre un posible atentado. En la memoria política mexicana, Madrazo quedó fijado como el reformista caído demasiado pronto, casi un mártir laico de la democracia interna priista. Que ese mismo hombre haya encabezado, treinta años antes, al grupo armado que mató a una catequista frente a la puerta de una iglesia es un dato que rara vez aparece en las semblanzas políticas que se le dedican, del mismo modo en que las biografías devotas de Camacho rara vez profundizan en quién era exactamente el adversario que tenía enfrente esa tarde.
Una mujer, una organización de mujeres, y un relato que las deja fuera
María de la Luz Camacho no combatió en las sierras ni perteneció a las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, la red clandestina de mujeres que en esos mismos años llegó a reunir, según distintas estimaciones, entre diez mil y veinticinco mil integrantes dedicadas a contrabandear armas, municiones y mensajes para los combatientes cristeros escondidos en corsés y en cargamentos disfrazados de maíz o cemento. Su resistencia fue de otro tipo: la de las catequistas y dirigentes de Acción Católica que en las ciudades sostenían la vida parroquial —comités, catecismo, colectas— y que, cuando llegó el momento, se plantaron físicamente entre la turba y la puerta del templo. Es un tipo de valentía menos fotogénico que el de las brigadas armadas, y por eso mismo ha quedado más relegado incluso dentro del propio relato católico sobre la Cristiada, que tiende a centrarse en los combatientes de las cañadas antes que en las mujeres que sostuvieron la resistencia civil en las ciudades.
Hoy, María de la Luz Cirenia Camacho González —su nombre completo, poco usado fuera de los documentos eclesiásticos— tiene la categoría de Sierva de Dios, el primer escalón formal hacia una eventual beatificación. La Provincia Franciscana del Santo Evangelio de México promueve su causa desde hace años, con un vicepostulador designado y peticiones de intercesión difundidas entre los fieles de la parroquia de San Juan Bautista, donde sus restos permanecen. El proceso, como suele ocurrir con estas causas, avanza despacio y sin fecha previsible de resolución. Mientras tanto, su historia sigue circulando casi exclusivamente en sitios de espiritualidad católica, contada como un episodio edificante de fe, casi nunca como lo que también fue: un choque de violencia política entre dos proyectos radicales de país, protagonizado, del lado de los agresores, por un hombre que la historia oficial mexicana decidió recordar de otra manera.
Por qué esta historia importa hoy
El caso de María de la Luz Camacho no es solo el de una mártir más en un martirologio ya extenso —la Iglesia mexicana cuenta oficialmente veinticinco mártires canonizados de ese periodo, y decenas de causas abiertas como la suya—. Es también un recordatorio de lo fácil que resulta separar la biografía política de una figura pública de los episodios más incómodos de su juventud, y de lo fácil que resulta, en sentido inverso, contar el martirio de una mujer sin nombrar a quienes estaban del otro lado del enfrentamiento. Noventa años después, ninguna de las dos mitades del relato —ni la de la catequista que murió con los brazos en cruz, ni la del joven camisa roja que llegaría a ser celebrado como reformador— se sostiene del todo sin la otra.