Nació de una violación en un barco de esclavos. Murió luchando contra el ejército que Napoleón envió para restaurar la esclavitud
En 1802, Napoleón Bonaparte restableció la esclavitud en las colonias francesas. En Guadalupe, la resistencia liderada por Louis Delgrès terminó en una explosión colectiva en Matouba.
Napoleón restauró la esclavitud por decreto. Guadalupe respondió con una rebelión, y ella se unió a los que prefirieron volar por los aires antes que rendirse
El 20 de mayo de 1802, Napoleón Bonaparte firmó una ley que restablecía la esclavitud en las colonias francesas del Caribe, revirtiendo la abolición que la propia Revolución Francesa había decretado ocho años antes. En Guadalupe, donde miles de personas habían pasado casi una década viviendo como personas libres, la noticia no se recibió con resignación. Un oficial mulato llamado Louis Delgrès encabezó una resistencia armada que reunió a antiguos esclavos, cimarrones y soldados libres decididos a no volver a las plantaciones. Entre esa columna de varios cientos de combatientes había una mujer conocida solo por el nombre de Solitude, embarazada en los meses finales de aquella campaña, cuya biografía —construida en buena parte a partir de la tradición oral y de la reconstrucción histórica posterior, más que de un archivo colonial exhaustivo sobre su persona— resume, mejor que casi ninguna otra, el precio humano concreto de aquel decreto imperial firmado a miles de kilómetros de distancia, en París.
Nacida en el paso de un barco de esclavos, cimarrona desde la infancia
Según la reconstrucción histórica más citada de su vida —apoyada en buena medida en la novela documentada de André Schwarz-Bart, La Mulâtresse Solitude, publicada en 1972, que a su vez se basó en fuentes orales y archivísticas dispersas—, Solitude nació hacia 1772 como resultado de una violación sufrida por su madre a manos de un marinero francés durante la travesía atlántica que la llevaba, esclavizada, hasta Guadalupe. El color más claro de su piel y sus ojos, herencia directa de esa violencia, la marcaron desde niña con el término colonial de «mulâtresse» y determinaron, según la jerarquía racial de la sociedad esclavista de la isla, que se la destinara al servicio doméstico en lugar de al trabajo de campo, una distinción que no suponía ningún alivio moral, pero sí una experiencia distinta de la esclavitud sufrida por otras compañeras suyas. Su madre murió cuando Solitude tenía apenas ocho años. Juntas, antes de esa muerte, habían huido de la plantación y se habían refugiado en una comunidad de cimarrones en las colinas del interior de la isla, uno de los asentamientos de personas fugadas de la esclavitud que sobrevivían, con enorme precariedad, al margen del control directo de las autoridades coloniales.
De la libertad revolucionaria a la orden de volver a las cadenas
La abolición de la esclavitud decretada por la Convención Nacional francesa en 1794 había cambiado, durante casi una década, la vida de personas como Solitude: durante esos años vivió, según las fuentes disponibles, como mujer libre en Guadalupe. El decreto napoleónico de 1802 no solo revertía esa libertad sobre el papel: llegaba acompañado de una expedición militar francesa enviada específicamente para imponerla por la fuerza en las colonias que se resistieran. Frente a esa expedición se organizó la resistencia liderada por Delgrès, que fijó su última posición defensiva en el fuerte de Matouba, en las laderas del volcán de la Soufrière. Solitude se unió a esa columna de combatientes, en un papel que las fuentes disponibles no permiten precisar con el detalle que sí existe para otros protagonistas masculinos del mismo episodio, como el propio Delgrès o su lugarteniente Joseph Ignace, otro oficial mulato que organizó una resistencia paralela en Pointe-à-Pitre y en el fuerte de Baimbridge: derrotado allí el 25 de mayo de 1802, Ignace murió en combate y su cabeza fue exhibida después en una plaza pública de la ciudad como advertencia para el resto de la población esclavizada, un episodio que sí quedó registrado con precisión en los archivos coloniales de la época. Ese contraste documental —un lugarteniente cuya derrota, muerte y exhibición pública se fecharon y describieron con detalle, frente a una combatiente de la misma columna cuya participación concreta en los enfrentamientos apenas dejó rastro escrito— es habitual en la historia de las mujeres que combatieron junto a líderes varones cuyos nombres sí quedaron registrados con precisión en los archivos coloniales.
El ángulo menos contado: sobrevivió a la explosión que mató a cientos de sus compañeros, para ser ejecutada meses después
El 28 de mayo de 1802, rodeados por las tropas francesas y sin posibilidad realista de victoria militar, Delgrès y unos cuatrocientos combatientes tomaron una decisión extrema: hicieron detonar sus propias reservas de pólvora, matándose a sí mismos junto con el mayor número posible de soldados franceses, en lugar de rendirse y volver a la esclavitud. Es uno de los episodios de resistencia colectiva más radicales de toda la historia antiesclavista del Caribe, y quedó grabado en la memoria guadalupeña con la consigna que se atribuye a los combatientes de Matouba: «vivir libres o morir». Solitude sobrevivió a esa explosión —las fuentes disponibles no detallan si por no encontrarse en el epicentro del estallido o por alguna otra circunstancia concreta— y fue capturada por las fuerzas francesas. Estaba embarazada. Las autoridades coloniales, aplicando una lógica que resulta tan fría como reveladora del propio sistema esclavista al que servían —una mujer embarazada representaba, ante todo, mano de obra futura que convenía no destruir antes de tiempo—, postergaron su ejecución hasta después del parto. Dio a luz, y al día siguiente, el 29 de noviembre de 1802, fue ejecutada.
Ese detalle —la espera calculada hasta el parto, no por compasión sino por cálculo económico esclavista— es precisamente el matiz que la mayoría de los resúmenes divulgativos de su historia, centrados casi siempre en la épica de la rebelión de Matouba, no desarrollan con el peso que merece. La crueldad de su ejecución no residió solo en el hecho de morir, sino en el cálculo administrativo que decidió el momento exacto en que debía producirse, subordinando incluso el acto de dar a luz a la lógica de un sistema que consideraba a las personas esclavizadas, hasta el último instante de sus vidas, una propiedad cuyo valor había que preservar el mayor tiempo posible.
Por qué esta historia importa hoy
Solitude se convirtió, con el tiempo, en uno de los símbolos más reconocidos de la resistencia antiesclavista francesa: Guadalupe le dedicó una estatua en 1999, la región de Altos del Sena hizo lo propio en 2007, y en 2020 se inauguró en París un jardín con su nombre. En 2022, el servicio postal francés emitió un sello conmemorativo dedicado a su figura, y su nombre figura hoy entre los propuestos para un eventual traslado al Panteón de París, el mismo honor que Francia reserva a sus figuras históricas más reverenciadas. Nada de ese reconocimiento —construido, sobre todo, en francés— ha cruzado todavía de forma significativa al español: una búsqueda de su nombre no devuelve, hasta ahora, ningún reportaje propio en un medio hispanohablante, pese a que su historia conecta directamente con el propio pasado colonial español en el Caribe y con la memoria antiesclavista de toda la región. La esclavitud que Napoleón restauró en 1802 no volvería a abolirse en las colonias francesas hasta 1848, cuarenta y seis años después de la muerte de Solitude, cuando el decreto impulsado por Victor Schoelcher puso fin definitivo a un sistema que, en Guadalupe, ella había combatido con las armas antes de que su hijo naciera dentro de él. Que una mujer nacida de la violencia de la trata, cimarrona desde la infancia, superviviente de una de las resistencias más radicales del Caribe francés, y ejecutada solo después de que su cuerpo dejara de ser útil para el sistema que la esclavizaba, siga siendo una historia por contar en español dice bastante sobre qué fronteras lingüísticas ha cruzado, y cuáles no, la memoria histórica de la esclavitud atlántica.