Pasó catorce años midiendo estrellas dobles en un observatorio helado sin poder llevar pantalones. Cuando quiso heredar la cátedra de su mentor, la excluyeron y la dejaron vacía: quién fue Antonia Ferrín
En 1963, Antonia Ferrín se convirtió en la primera mujer en defender una tesis doctoral en Astronomía en España, tras catorce años de trabajo casi anónimo junto al astrónomo Ramón María Aller en el Observatorio de Santiago de Compostela.
Un observatorio helado, y una prenda que "no era femenina"
Durante años, en las noches de guardia del Observatorio Astronómico de la Universidad de Santiago de Compostela, una investigadora medía por el ocular del telescopio el paso de estrellas dobles y ocultaciones lunares bajo una cúpula que no calentaba nada. El frío, recordaría ella misma décadas después, era intenso, y no solo por la meteorología gallega: la convención de la época le impedía presentarse a esas jornadas nocturnas con pantalones, "una prenda que por aquel entonces no se consideraba femenina", así que soportaba las horas de observación con la misma falda con la que habría acudido a cualquier despacho de día. Esa investigadora se llamaba Antonia Ferrín Moreiras, y en 1963 se convirtió en la primera mujer que defendió una tesis doctoral en Astronomía en toda España. Un año después, cuando el astrónomo que la había formado cayó enfermo y se convocó el concurso para sustituirle al frente de la cátedra, el tribunal la excluyó de la lista de aspirantes. Tuvo que presentar una reclamación para que la admitieran. Y aun así, la plaza se declaró desierta.
De la Química a la Astronomía, por el camino más largo posible
Ferrín nació en Ourense el 13 de mayo de 1914, tercera de cuatro hermanas, hija de un profesor de matemáticas que trasladó a la familia a Santiago de Compostela para que las niñas pudieran acceder a estudios superiores, algo poco habitual en la Galicia rural de los años veinte. Se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Santiago en 1930, en la sección de Químicas, y se licenció en 1935, el mismo año en que obtuvo también el título de Magisterio. Trabajó después, sin remuneración, como ayudante de prácticas en Física y Matemáticas, complementando sus ingresos con clases particulares, una precariedad que no era excepcional entre las escasas universitarias de su generación, pero que en su caso se prolongaría durante años.
La Guerra Civil interrumpió esa trayectoria de forma directa. En octubre de 1937, a raíz de una denuncia anónima por sus ideas políticas, se abrió un expediente de depuración que acabó junto al de otros cuarenta y cinco profesores de la Universidad de Santiago, y que la inhabilitó para el desempeño de cargos docentes de responsabilidad. Logró revertir la sanción en 1940, pero mientras tanto había tenido que sobrevivir dando clases de matemáticas en una escuela para niñas huérfanas, un trabajo que mantuvo durante más de una década, entre 1937 y 1948. En paralelo, sin abandonar nunca del todo la universidad, fue sumando títulos: Farmacia en 1940, y una licenciatura en Ciencias Exactas por la Universidad Central de Madrid, cursada como alumna libre y completada en 1948. A los treinta y cuatro años, Ferrín acumulaba ya cuatro carreras universitarias y ningún puesto estable.
Veinte años de estrellas dobles, casi siempre sin firmar sola
El punto de inflexión llegó en 1950, cuando obtuvo una beca del CSIC para incorporarse al Observatorio Astronómico de Santiago, dirigido entonces por Ramón María Aller, un astrónomo autodidacta gallego que había construido buena parte de su instrumental con sus propias manos y que se había convertido, pese a trabajar lejos de los grandes centros europeos, en una referencia internacional en la medición de estrellas dobles. Aller sintió, según recogen varias de sus biógrafas, una predilección especial por esta alumna tardía, y la convirtió en su colaboradora más constante durante más de dos décadas. Ferrín realizó mediciones micrométricas de estrellas dobles, observó pasos estelares por el meridiano y ocultaciones lunares, y publicó buena parte de esos resultados en Urania, la revista de la Sociedad Astronómica de España y América, un trabajo minucioso y poco vistoso que rara vez llevaba su nombre en solitario.
En 1957 se convirtió en la primera profesora de la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Santiago, y en 1963 defendió, bajo la dirección de Aller, una tesis titulada Observaciones de pasos por dos verticales: la primera tesis doctoral leída en esa misma facultad y, según coinciden todas las fuentes consultadas sobre historia de la astronomía española, la primera tesis sobre Astronomía defendida por una mujer en España. Había tardado casi treinta años, cuatro títulos universitarios y una guerra civil de por medio en conseguirlo.
Un observatorio pequeño, pero con reputación internacional
El Observatorio de Santiago no era una instalación menor dentro del panorama astronómico español. Aller, formado como autodidacta y sin apenas medios oficiales, había desarrollado desde los años treinta un método propio de medición de estrellas dobles con un micrómetro de doble imagen que él mismo perfeccionó, y sus catálogos de binarias fueron citados y utilizados por observatorios de referencia en Europa y Estados Unidos, en un momento en que la astronomía española, aislada por la autarquía franquista, apenas tenía presencia en las publicaciones internacionales. Ferrín no fue una simple ayudante administrativa de ese trabajo: las fuentes especializadas en historia de la astronomía gallega la describen realizando ella misma buena parte de las mediciones micrométricas nocturnas y los cálculos de reducción de datos que sostenían la reputación del observatorio, en una época en que a las investigadoras rara vez se les reconocía la autoría de un hallazgo instrumental, por modesto que fuera.
El ángulo menos contado: una cátedra que nadie quiso darle, ni siquiera a ella
Lo que ocurrió apenas un año después es el episodio que ninguna ficha divulgativa sobre Ferrín suele desarrollar con detalle, aunque dos fuentes independientes —la Wikipedia en español y el medio gallego especializado en divulgación científica GCiencia— coinciden en los hechos básicos: en 1964, Ramón María Aller enfermó, y la Universidad de Santiago convocó el concurso para cubrir la cátedra de Astronomía que él dejaba vacante. Antonia Ferrín, su colaboradora más cercana durante catorce años y la única persona en la facultad con un doctorado en esa disciplina, fue excluida de la lista de aspirantes. Tuvo que presentar una reclamación formal para conseguir que la admitieran como candidata. El tribunal, sin embargo, resolvió declarar el concurso desierto: prefirió no cubrir la plaza antes que adjudicársela a ella.
Ninguna de las fuentes consultadas para este artículo explica con precisión el criterio que el tribunal invocó para dejar la cátedra vacía, ni documenta con el mismo detalle qué ocurrió después con la actividad del Observatorio de Santiago, un extremo que alguna entrada enciclopédica sugiere que entró en un periodo de menor actividad tras la enfermedad de Aller, pero que no hemos podido confirmar de forma independiente con el rigor que exigiría una afirmación tan concreta. Lo que sí es un hecho contrastado es que Ferrín, pese a ser la candidata con la trayectoria más sólida y la única formada expresamente para ese puesto, no volvió a presentarse a ninguna otra cátedra de Astronomía en España. Ese mismo año, 1964, obtuvo en cambio una plaza de catedrática numeraria de Matemáticas en la Escuela de Magisterio Santa María de Madrid, un puesto en una disciplina distinta que ocupó hasta su jubilación, veinte años más tarde.
Por qué esta historia importa hoy
Antonia Ferrín Moreiras murió en Santiago de Compostela el 6 de agosto de 2009, a los noventa y cinco años. En sus últimos años recibió algunos de los reconocimientos que su carrera activa nunca le dio: en 2008 fue nombrada madrina del cincuentenario de la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Santiago, la misma facultad que treinta años antes había tramitado su exclusión de un concurso; en 2018 su figura se incluyó en la Tabla Periódica de las Científicas, una iniciativa de divulgación que rescata a investigadoras poco visibles; y la Universidad de Vigo bautizó con su nombre un premio a materiales educativos con perspectiva de género. Ninguno de esos homenajes, sin embargo, ha llegado todavía a un medio de referencia generalista en español: su historia sigue circulando casi en exclusiva por blogs de divulgación científica y páginas universitarias, sin que ningún gran periódico le haya dedicado el reportaje propio que sí han recibido otras pioneras españolas de su generación.
Queda, además, una pregunta que ninguna de las fuentes consultadas resuelve del todo: si la primera mujer española doctorada en Astronomía, formada durante catorce años por el astrónomo más influyente de la Galicia del siglo XX, no era una candidata válida para heredar su cátedra, ¿quién lo era? La respuesta del tribunal de 1964 —nadie, mejor dejarlo vacío— dice menos sobre el mérito científico de Antonia Ferrín que sobre lo que la España de la época estaba dispuesta a admitir que una mujer podía dirigir.