Predicó el hogar y llevó a las Cortes la ley del trabajo femenino: la paradoja de Pilar Primo de Rivera
Durante 43 años dirigió la Sección Femenina y defendió que la misión de la mujer era la familia. En 1961 presentó la ley que abrió a las españolas oposiciones y cargos públicos, asegurando que no era feminista.
Pilar Primo de Rivera y la ley de 1961: la paradoja de la Sección Femenina
En el verano de 1961, una mujer subió a la tribuna de las Cortes para defender una ley que permitía a las españolas presentarse a oposiciones, ser elegidas para cargos públicos y firmar cualquier contrato de trabajo en igualdad con los hombres. Para convencer a una cámara de procuradores casi exclusivamente masculina, usó un argumento inesperado: aquella ley, dijo, no era feminista. Según el fragmento de su intervención que recogen los historiadores, la presentó como un apoyo de los varones a la mujer que trabajaba empujada por la necesidad. La oradora era Pilar Primo de Rivera, que llevaba veintisiete años al frente de la Sección Femenina, la organización encargada de formar a las españolas en un ideal de esposa y madre. La ley salió adelante. Cómo encaja esa norma con lo que predicó durante décadas es la pregunta que casi ningún artículo sobre ella intenta responder.
Hija de un dictador, hermana de un fundador
Hasta su fecha de nacimiento es discutida. La Wikipedia en español y buena parte de las reseñas la sitúan el 4 de noviembre de 1907 en Madrid, pero otras fuentes dan 1906 y Encyclopedia.com llega a proponer 1913. Sí hay acuerdo sobre su familia: era hija del general Miguel Primo de Rivera, que gobernó España como dictador entre 1923 y 1930, y hermana de José Antonio Primo de Rivera, que fundó Falange Española en octubre de 1933.
En junio de 1934 organizó la Sección Femenina del partido, de la que sería delegada nacional durante cuarenta y tres años. La Guerra Civil golpeó de lleno a su familia: su hermano Fernando murió asesinado en agosto de 1936 en la matanza de la cárcel Modelo de Madrid, y José Antonio fue juzgado y fusilado en Alicante en noviembre de ese año. Tras la unificación de 1937, su organización quedó integrada en el partido único del nuevo Estado. En 1938 recibió la Gran Cruz de la Orden Imperial de las Flechas Rojas; formó parte del Consejo Nacional y fue procuradora en Cortes desde 1943 hasta 1977. Según Artehistoria, fue la persona que durante más tiempo ocupó un cargo oficial en la España de su tiempo. Nunca se casó ni tuvo hijos.
Lo que predicaba la Sección Femenina
Durante la posguerra, la Sección Femenina tuvo encomendada la formación de las mujeres. Organizó el Servicio Social, obligatorio para buena parte de ellas, escuelas de hogar, cátedras ambulantes que recorrían el mundo rural y una red propia de educación física femenina. Uno de sus proyectos más duraderos fue la recopilación del folclore: los grupos de Coros y Danzas reunieron y difundieron músicas, bailes y trajes regionales que en muchos pueblos estaban desapareciendo, una labor que reconocen incluso fuentes críticas con su figura.
El contenido ideológico es otro asunto. En sus discursos de los primeros años, Pilar Primo de Rivera describía a la afiliada ideal como justa, disciplinada y abnegada, y respetuosa con la prerrogativa masculina. Los textos oficiales de la organización presentaban la maternidad en el hogar como la misión que Dios había asignado a la mujer. Circula además una frase que se le atribuye con mucha frecuencia, según la cual las mujeres carecerían de talento creador y solo podrían interpretar lo que hacen los hombres. Aparece en numerosos trabajos divulgativos, pero no hemos podido localizar el discurso o documento original del que procede, así que conviene tratarla con cautela.
La valoración de todo esto dista de ser unánime. Para sus críticos, la Sección Femenina fue un instrumento para encuadrar a la mitad de la población en un modelo de sumisión; Para sus defensoras, sobre todo antiguas afiliadas, fue la única vía de formación, deporte y salida profesional para miles de chicas, especialmente en el campo.
Qué decía realmente la ley de 22 de julio de 1961
La Ley 56/1961, sobre derechos políticos, profesionales y de trabajo de la mujer, se publicó en el BOE el 24 de julio y entró en vigor el 1 de enero de 1962. Su preámbulo atribuye la iniciativa a la Sección Femenina, que redactó una proposición de ley firmada por procuradores y que el Gobierno asumió casi sin cambios. Incluso aquí hay una discrepancia: el preámbulo habla de más de doscientos firmantes, mientras que un estudio académico sobre las mujeres en la administración de justicia eleva la cifra a trescientos.
El artículo primero reconocía a la mujer los mismos derechos que al varón para toda actividad política, profesional y laboral. Podía elegir y ser elegida para cualquier cargo público, opositar en cualquier administración y acceder a todos los grados de la enseñanza. El artículo cuarto prohibía discriminar por sexo o estado civil en convenios y reglamentos de empresa, y recogía el principio de igual retribución por trabajo de igual valor.
La letra pequeña
Las excepciones eran importantes. La ley dejaba fuera a las mujeres de los Ejércitos y de los cuerpos que usaran armas; de la carrera de juez, magistrado y fiscal, salvo en las jurisdicciones de menores y laboral; y de los puestos titulados de la Marina Mercante, excepto los sanitarios. Además, no suprimía la licencia marital: cuando otra norma exigiera la autorización del marido, seguía siendo necesaria, aunque la mujer podía acudir al juez si la negativa se hacía de mala fe o con abuso de derecho. El veto a la judicatura cayó con otra ley en diciembre de 1966. La licencia marital tuvo que esperar a 1975.
El ángulo menos contado: por qué una organización del hogar pidió el trabajo
La paradoja tiene explicaciones que los historiadores llevan décadas discutiendo. La primera es económica: a finales de los cincuenta España dejaba atrás la autarquía, la industria necesitaba mano de obra y miles de mujeres ya trabajaban sin protección legal suficiente. Presentar la ley como una forma de proteger a quien trabajaba por necesidad permitía aprobarla sin cuestionar el discurso oficial sobre la familia, que el propio preámbulo mantenía al reafirmar la potestad de dirección del marido.
La segunda es interna. Diversos estudios señalan que en esos años la Sección Femenina perdía influencia entre las jóvenes, que miraban hacia los modelos europeos, y que la organización necesitaba adaptarse para no quedar al margen. Un trabajo de la Universidad Carlos III la enmarca en la liberalización del régimen; otros autores prefieren hablar de una modernización limitada y controlada.
El tercer detalle casi nunca se cuenta. Según un artículo de la revista Ayer y otro estudio sobre las mujeres en la administración de justicia, la base de la ley fue una ponencia coordinada por la abogada Mercedes Formica con el respaldo de la delegada nacional. Y cuando en 1962 se preparó un trabajo sobre la mujer en las profesiones liberales para un congreso hispanoamericano, fue retirado por considerarse feminista. La misma organización que impulsó la ley marcaba a la vez hasta dónde podía llegar.
1977: «Gracias, Pilar»
Tras la muerte de Franco, la Transición desmontó las estructuras del Movimiento. El 1 de abril de 1977 se aprobó su disolución y un decreto del 17 de mayo dispuso su cese como delegada nacional. Según la Wikipedia en español, la comunicación incluía un escueto «Gracias, Pilar». Un libro reseñado por el Diario de León sostiene que se sintió traicionada por el modo en que se hicieron las reformas, aunque aceptaba que eran necesarias. En noviembre de ese año, las veteranas fundaron la asociación Nueva Andadura, que la nombró presidenta de honor. Publicó sus memorias, Recuerdos de una vida, en 1983, y murió en Madrid el 17 de marzo de 1991.
Por qué importa hoy
Su figura sigue provocando reacciones inmediatas. En 2019, un proyecto teatral que la incluía junto a otras mujeres del siglo XX abrió una polémica en prensa sobre si merecía figurar en esa lista. El debate suele plantearse en términos de todo o nada, pero los documentos permiten algo más útil: separar lo que predicó de lo que firmó. La mujer que defendió durante décadas que el lugar de la mujer era el hogar fue también quien llevó a las Cortes la ley que abrió a las españolas buena parte de la función pública. Entender por qué las dos cosas fueron posibles a la vez explica mejor el franquismo de los años sesenta que cualquier retrato de una sola pieza. La pregunta que sigue abierta es cuánto de aquella ley fue convicción y cuánto, necesidad.