Ranavalona I: ¿la 'reina loca' de Madagascar, o la última gran resistencia africana contra el colonialismo europeo?
Los misioneros británicos la llamaron la monarca loca de Madagascar y le atribuyeron una persecución brutal que ninguna fuente independiente ha podido desmentir del todo.
La reina que prohibió que la retrataran
No existe ni un solo retrato auténtico de Ranavalona I, reina de Madagascar entre 1828 y 1861. La imagen que hoy circula en enciclopedias y artículos sobre ella —una mujer de rasgos serenos con un vestido de corte europeo— fue pintada décadas después de su muerte, por el artista malgache Ramanakirahina Philippe, a partir de una fotografía de su sobrina nieta, no de la propia reina. Ranavalona prohibió que la fotografiaran en vida: consideraba que la cámara robaba el alma de quien posaba ante ella. La anécdota, más que una curiosidad, resume bien al personaje: una soberana que gobernó tres décadas manteniendo a raya, de forma literal, cualquier intento europeo de fijar su imagen, su religión o su territorio bajo términos ajenos a los suyos.
Un trono conseguido a fuerza de eliminar rivales
Ranavalona nació como Rabodonandrianampoinimerina hacia 1778 y se convirtió en reina en circunstancias que distaban mucho de una sucesión pacífica. Cuando su marido, el rey Radama I, murió sin descendencia el 27 de julio de 1828, el heredero legítimo del trono de Imerina era su sobrino Rakotobe. Un alto oficial militar, Andriamamba, se alió sin embargo con otros oficiales de peso para respaldar la candidatura de Ranavalona, que contaba además con apoyos entre los guardianes de los sampy, los talismanes reales que sostenían buena parte de la legitimidad religiosa de la monarquía merina. Con ese respaldo, Ranavalona se proclamó sucesora el 11 de agosto de 1828 y, antes de su coronación oficial el 12 de junio de 1829, eliminó sistemáticamente a Rakotobe y a su familia. Se convirtió así en la primera mujer que gobernaba el reino de Imerina desde 1540.
De la tolerancia religiosa a la persecución
Al principio de su reinado, Ranavalona permitió la actividad misionera y la educación cristiana: la Sociedad Misionera de Londres había abierto escuelas que combinaban formación práctica con enseñanza cristiana, y hacia 1831 cientos de malgaches de distintas clases sociales se habían bautizado. La expansión de las conversiones entre las élites —incluidos los propios guardianes de los sampy— cambió su cálculo político: empezó a ver el cristianismo como una amenaza directa a la autoridad tradicional de la corona. Prohibió primero los matrimonios cristianos entre soldados y funcionarios en octubre de 1831, después la asistencia a los oficios religiosos en diciembre de ese mismo año, y el 26 de febrero de 1835 promulgó un decreto que convertía la práctica del cristianismo entre sus súbditos en «delito capital», aunque permitía explícitamente que los extranjeros lo practicaran. La mayoría de los misioneros de la Sociedad Misionera de Londres abandonó el país en menos de un año.
El antropólogo Maurice Bloch ha explicado esa persecución no como fanatismo religioso sin más, sino como una cuestión de legitimidad política: aceptar un dios extranjero implicaba, en la cosmovisión merina, repudiar no solo a la reina sino también a los antepasados, el fundamento mismo de la autoridad real. Quien poseía una Biblia, asistía a un oficio o profesaba la fe cristiana se exponía a multas, cárcel, grilletes, la prueba por ordalía o la ejecución. El misionero británico W. E. Cummins calculó, en 1878, entre sesenta y ochenta ejecuciones directamente vinculadas a motivos religiosos durante el reinado, aunque muchas más personas fueron sometidas al tangena, la prueba de veneno, o condenadas a trabajos forzados y confiscación de bienes.
El tangena: una prueba que mató a decenas de miles
El tangena era una ordalía por veneno que se convirtió en el instrumento principal de Ranavalona para mantener el orden interno, mucho más allá de los casos de presunta herejía cristiana. Consistía en administrar al acusado una dosis de veneno extraído de la nuez del árbol Cerbera manghas junto con tres trozos de piel de pollo: si la persona vomitaba los tres trozos, se consideraba inocente; si moría o no lograba expulsarlos todos, se la declaraba culpable. Según el historiador malgache decimonónico Raombana, la población depositaba en la prueba «una fe incuestionable», como si se tratara de una forma de justicia celestial.
Las cifras que han llegado hasta nosotros son difíciles de conciliar entre sí, y conviene decirlo con esa misma incertidumbre: mientras Cummins hablaba de sesenta a ochenta ejecuciones por motivos religiosos, las estimaciones sobre el tangena en su conjunto —aplicado por toda clase de acusaciones, no solo religiosas— apuntan a que entre un veinte y un cincuenta por ciento de quienes se sometían a la prueba morían, con una media de unas tres mil muertes anuales entre 1828 y 1861. Hacia 1838 la ordalía se había cobrado ya, según estas estimaciones, cerca de cien mil vidas, en torno a una quinta parte de toda la población de Imerina. A esas cifras hay que sumar las bajas de las campañas militares de expansión y consolidación del poder merina —unos ciento sesenta mil soldados fallecidos entre 1820 y 1853, muchos de malaria, al desplegar hacia las tierras bajas a un ejército procedente de un altiplano donde esa enfermedad no era endémica— y una demografía general que se desplomó: la población de Madagascar cayó de unos cinco millones de habitantes en 1833 a dos millones y medio en 1839.
Soberanía a cualquier precio
Frente a Europa, Ranavalona optó por un aislacionismo deliberado. Anuló el tratado de amistad anglo-merina heredado de su marido, lo que le costó los pagos anuales y el acceso a armamento moderno británico, y en 1829 su ejército repelió un ataque francés no provocado contra Foulpointe, aprovechando tácticamente la malaria costera contra las tropas invasoras. Para no depender de las potencias europeas, incorporó a su corte al náufrago francés Jean Laborde, que entre 1839 y 1842 levantó fábricas capaces de producir cañones, mosquetes y pólvora propios, además de construir para la reina el palacio de Manjakamiadana, una estructura que combinaba técnicas constructivas merinas con innovaciones europeas como galerías de tres pisos. Cuando el diplomático francés Joseph-François Lambert urdió en 1857 un plan, con la exploradora austríaca Ida Pfeiffer implicada, para acelerar la llegada al trono de su hijo, más favorable a los intereses europeos, la conspiración fracasó y sus artífices europeos fueron confinados y expulsados del país.
El ángulo menos contado: ¿tirana o la última resistencia?
Durante más de un siglo, la historiografía occidental describió a Ranavalona casi exclusivamente como una tirana sanguinaria, la «monarca loca de Madagascar», una etiqueta construida en buena medida a partir de los relatos de misioneros expulsados y de la prensa europea del siglo XIX. Esa lectura dominó los libros de historia hasta bien entrada la década de 1970. Historiadores más recientes, en particular Gwyn Campbell, han propuesto una relectura distinta: la de una gobernante nacionalista temprana que se negó a tolerar la ocupación extranjera, y cuyas políticas económicas y militares —por brutales que fueran hacia dentro— respondían a un cálculo racional para proteger a Madagascar del expansionismo colonial europeo que, en esas mismas décadas, se extendía por el resto de África. Las lecturas actuales dentro de la propia Madagascar siguen divididas: los sectores de influencia cristiana tienden a valorarla con dureza, mientras otros la reivindican como garante de la independencia y la tradición malgache frente a un continente que, pocas décadas después de su muerte, terminaría casi por completo bajo dominio europeo.
Por qué importa hoy
Ranavalona murió mientras dormía en Manjakamiadana el 16 de agosto de 1861, a los ochenta y tres años; se sacrificaron doce mil cebúes para honrarla y el luto oficial se prolongó nueve meses. Su hijo, Radama II, revirtió casi de inmediato sus políticas y se convirtió públicamente al cristianismo, una señal de lo personal y frágil que había sido, en realidad, el proyecto de resistencia que ella había sostenido durante treinta y tres años a un coste humano enorme. Que dos lecturas tan opuestas —tirana y última defensora de la soberanía africana— puedan sostenerse hoy sobre los mismos hechos documentados dice menos sobre Ranavalona que sobre quién ha tenido, en cada época, el poder de contar su historia.