Ruby Hirose: la química a la que EE. UU. premió mientras encerraba a su familia por ser japonesa
En 1940, la Sociedad Química Americana la reconoció como una de las diez únicas mujeres entre trescientos socios de su sección. Dos años después, su padre y sus hermanos fueron enviados a un campo de internamiento japonés-americano.
Diez mujeres entre trescientos socios
En 1940, la sección de Cincinnati de la Sociedad Química Americana reunió a sus trescientos miembros para reconocer los avances más destacados de la química en la región. Entre ellos había diez mujeres. Una era hija de inmigrantes japoneses que habían llegado a Washington a cultivar fresas porque las leyes estadounidenses les impedían ser propietarios de la tierra que trabajaban. Se llamaba Ruby Hirose, tenía treinta y seis años y acababa de terminar un doctorado en bioquímica. Dos años más tarde, el mismo país que la había distinguido subió a su padre y a dos de sus hermanos a un tren con destino a un campo de internamiento, sin juicio ni cargos, por el simple hecho de compartir su apellido.
La primera nisei en graduarse de su instituto
Hirose nació en Kent, Washington, en el seno de una familia numerosa dedicada a la agricultura en el valle del río White. Como hija nacida en suelo estadounidense, la ley la convertía, de forma casi accidental, en la única persona de la familia con derecho legal a poseer tierra: durante años, los contratos de arrendamiento y algunas compras de terreno de los Hirose se firmaron a su nombre, aunque ella fuera todavía una niña. En 1922 se convirtió en la primera nisei —hija de inmigrantes japoneses nacida en Estados Unidos— en graduarse del instituto de Auburn. Después estudió farmacia en la Universidad de Washington, se licenció en 1926 y obtuvo un máster en farmacología en 1928. Su formación culminó en 1932 con un doctorado en bioquímica por la Universidad de Cincinnati, con una tesis sobre la trombina y el mecanismo de la coagulación sanguínea.
De la coagulación de la sangre a las vacunas
Ese fue solo el principio de una carrera dedicada a problemas muy distintos entre sí. En 1938 entró a trabajar en la división de investigación de la compañía farmacéutica William S. Merrell, en Cincinnati, donde desarrolló sueros y antitoxinas. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, su trabajo contribuyó al desarrollo de una vacuna eficaz contra la poliomielitis, una de las enfermedades más temidas de la época. En paralelo, investigó tratamientos para desensibilizar a los pacientes con fiebre del heno mediante extractos de polen mejorados —ella misma padecía alergias estacionales— y publicó un estudio sobre la planta norteamericana Hydrastis canadensis, conocida como sello de oro, documentando sus usos tradicionales entre pueblos indígenas y las condiciones óptimas para su cultivo. Más tarde, en el Laboratorio Kettering de Fisiología Aplicada de la Universidad de Cincinnati, amplió su trabajo hacia la investigación del cáncer mediante el uso de antimetabolitos.
La orden que dividió a su familia
El 19 de febrero de 1942, apenas dos meses después del ataque a Pearl Harbor, el presidente Franklin D. Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066, que autorizaba la reubicación forzosa de personas de ascendencia japonesa residentes en la costa oeste, sin distinción de ciudadanía ni de historial. El padre de Ruby, Shiusaka Hirose, fue detenido primero por el FBI y más tarde recluido, junto a al menos dos de sus hijos, en campos de internamiento situados en el interior del país. Las fuentes no coinciden del todo en el reparto exacto de la familia entre los distintos campos —algunas ubican a su hermano Kimeo en el centro de Poston, en Arizona, y a su padre junto a una hermana en el de Minidoka, en Idaho—, pero todas coinciden en el hecho central: mientras Ruby continuaba su investigación en Ohio, protegida únicamente por la casualidad geográfica de vivir lejos de la costa, buena parte de su familia fue encarcelada sin que mediara ningún proceso judicial.
Un premio que no protegió a nadie
Aquí está la parte de la historia que casi ningún resumen desarrolla más allá de una frase: Hirose no dejó de trabajar. Siguió publicando, siguió investigando sueros y vacunas para un país que en ese mismo momento consideraba a su padre y a sus hermanos una amenaza potencial por su origen étnico. No hay registro de declaraciones suyas sobre lo que sintió al respecto —su archivo personal, a diferencia del de otras científicas de su generación, es escaso—, y sería impreciso atribuirle una postura que no dejó documentada. Lo que sí es verificable es la yuxtaposición: el mismo año en que la honraban como una de las pocas mujeres reconocidas por sus logros científicos, las leyes de su país trataban a su familia como sospechosa por definición. Esa tensión, más que cualquier anécdota aislada, es lo que distingue su biografía de la de otras "computadoras humanas" o químicas invisibilizadas de la época: a ella no le robaron el mérito de sus descubrimientos, sino la posibilidad de que su historia se contara con la familia entera presente.
La paradoja de la lealtad nisei
La situación de Hirose no fue excepcional entre los estadounidenses de origen japonés que trabajaban para instituciones científicas o militares durante la guerra. Miles de hombres nisei sirvieron en unidades del ejército estadounidense, algunas de ellas —como el 442.º Regimiento de Infantería— entre las más condecoradas de todo el conflicto, mientras sus propias familias permanecían internadas. El caso de Hirose añade una capa distinta a ese patrón conocido: no se trataba de una soldado exhibiendo lealtad en el campo de batalla ante las cámaras, sino de una científica trabajando en un laboratorio, sin ceremonias ni reconocimiento público inmediato, en un ámbito —la investigación médica aplicada a la guerra— que rara vez se asocia con la experiencia de internamiento japonés-americana en los relatos que sí han llegado al público hispanohablante, casi siempre centrados en el frente militar o en la vida dentro de los campos.
Una carrera que continuó lejos de los titulares
Terminada la guerra, Hirose siguió trabajando en distintas instituciones: dio clases de microbiología e investigó el cáncer en la Universidad de Indiana, y más tarde ejerció como bacterióloga en hospitales de la Administración de Veteranos en Indianápolis, Dayton y, finalmente, Lebanon, Pensilvania, donde trabajaba cuando murió de leucemia mieloide aguda en 1960, a los cincuenta y seis años. No hay evidencia de que recibiera durante su vida un reconocimiento equivalente al que hoy le dedican blogs universitarios, iniciativas de diversidad en ciencia y el propio Departamento de Energía de Estados Unidos, que la incluye entre las científicas destacadas de origen asiático-americano. Esa recuperación tardía de su figura —producida sobre todo en las dos últimas décadas, en inglés y casi exclusivamente en inglés— es precisamente lo que deja un vacío notable en la información disponible en español sobre ella, pese a que su nombre circula con frecuencia en listados y podcasts estadounidenses dedicados a rescatar a mujeres olvidadas de la ciencia. Universidades como la de Colorado State, iniciativas de historia de la comunidad nikkei y proyectos universitarios sobre mujeres en ciencia han ido reconstruyendo su perfil a partir de archivos dispersos, actas de sociedades científicas y registros del censo, más que de un archivo personal centralizado, algo habitual en biografías de científicas de principios del siglo XX cuyos papeles nunca se consideraron dignos de conservación institucional.
Por qué esta historia importa hoy
Ruby Hirose está enterrada en el cementerio de Auburn, el mismo pueblo de Washington donde setenta años antes se había convertido en la primera nisei en terminar el instituto. Su lápida no menciona la vacuna contra la polio, ni la fiebre del heno, ni el doctorado en trombina, ni el reconocimiento de 1940. Tampoco menciona que, mientras la Sociedad Química Americana celebraba su talento, el gobierno de ese mismo país encerraba a su padre y a sus hermanos por el delito de parecerse a él. Esa doble cara —el reconocimiento profesional y el castigo colectivo por el origen, ocurriendo al mismo tiempo y a la misma familia— es un patrón que la historia de Estados Unidos ha repetido con distintas comunidades en distintas décadas, y que rara vez aparece con tanta nitidez como en la biografía de esta bioquímica de Kent, Washington.