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Salvó de la ceguera al autor de Fortunata y Jacinta. España nunca le dio una cátedra a Trinidad Arroyo

Trinidad Arroyo fue la primera mujer que ejerció la oftalmología en España y trató a Benito Pérez Galdós. Investigó la tuberculosis ocular durante dos décadas sin que ninguna universidad le concediera nunca una plaza de catedrática.

✍️ Montse 📅 27 de August de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 8 visitas
Salvó de la ceguera al autor de Fortunata y Jacinta. España nunca le dio una cátedra a Trinidad Arroyo

En 1912 examinó los ojos de Galdós. En 2026, se la sigue recordando sobre todo por un voto

En el otoño de 1912, uno de los novelistas más leídos de España, Benito Pérez Galdós, llevaba años perdiendo la vista sin que ningún tratamiento lograra frenar el proceso. La médica que lo examinó y siguió durante meses no era una figura menor de la oftalmología madrileña: llevaba dieciséis años ejerciendo, era la primera mujer que había ejercido esa especialidad en toda España, y su nombre aparecía ya en congresos internacionales de medicina. Se llamaba Trinidad Arroyo Villaverde, y a ella le atribuyen sus biógrafos haber contribuido a frenar la ceguera de Galdós el tiempo suficiente para que el escritor pudiera seguir dictando obras casi una década más. Es, con diferencia, el episodio clínico más citado de su carrera. Y sin embargo, la mayoría de los artículos que hoy circulan sobre ella no abren con ese dato, sino con otro: que en algún momento de la segunda década del siglo XX consiguió votar antes de que existiera el sufragio femenino en España. Es una anécdota real, pero también la que ha terminado por eclipsar a la científica que la protagonizó.

Una universidad que en 1882 había cerrado sus puertas a las mujeres, y un padre que tuvo que pedir un permiso especial

Arroyo nació en Palencia el 26 de mayo de 1872 y fue la primera alumna del Instituto Libre de Segunda Enseñanza de la ciudad, donde estudió entre 1883 y 1888. El dato no es anecdótico: una disposición de 1882 había restringido de facto el acceso de las mujeres a las aulas universitarias españolas, y cuando ella quiso matricularse en la Facultad de Medicina de Valladolid, su padre tuvo que dirigirse personalmente al director general de Instrucción Pública para conseguirle una autorización, y ella misma tuvo que superar un examen especial de aptitud, distinto del que se exigía a cualquier aspirante varón, antes de poder inscribirse en diciembre de 1888. Cursó la carrera entre 1889 y 1895, y aunque en un principio le atraía la cirugía, eligió la oftalmología por su precisión técnica y porque, según explicó ella misma más tarde, la consideraba un terreno algo menos hostil para una mujer que otras especialidades quirúrgicas de la época.

Tercera doctora de España, y la primera fuera de la ginecología

En 1896 obtuvo el doctorado en la Universidad de Madrid con una tesis de ciento cuarenta y nueve páginas titulada Músculos intrínsecos del ojo en estado normal y patológico, acción de los medicamentos, convirtiéndose en la tercera mujer en doctorarse en medicina en toda España y la primera en hacerlo en una especialidad distinta de la ginecología o la obstetricia, los dos únicos campos que hasta entonces se consideraban socialmente aceptables para una médica. Dos años después, en 1898, abrió consulta de oftalmología en Palencia junto a su hermano Benito, y en 1902 se casó con otro oftalmólogo, Manuel Márquez, con quien mantuvo después una consulta conjunta en Madrid. No tuvieron hijos; su hermano Benito murió en 1903, apenas cinco años después de que ambos abrieran juntos su primera consulta.

Veinte años investigando la tuberculosis ocular. Ninguna cátedra

Aquí es donde la biografía de Trinidad Arroyo deja de ser una simple sucesión de primeros puestos para convertirse en algo más incómodo de contar. Fue la primera mujer en dar clases en la Universidad de Madrid, como profesora auxiliar, y desarrolló a lo largo de dos décadas una línea de investigación propia sobre úlceras de córnea, desprendimiento de retina, astigmatismo y tuberculosis ocular, además de estudiar los efectos analgésicos del clorhidrato de codeína y el yodo, y el uso de la atropina en el tratamiento de las úlceras corneales. Participó en el XIV Congreso Internacional de Medicina en Budapest y en el XV Congreso Internacional de Fisiología en Leningrado, donde llegó a coincidir con Ivan Pávlov. Pese a ese volumen de investigación publicada y reconocida internacionalmente, ninguna universidad española le concedió jamás una cátedra ni la autorización plena para publicar como catedrática, un techo profesional que sus biógrafas documentan con precisión pero que ninguna fuente consultada explica con una razón oficial distinta de su condición de mujer en una facultad que, treinta años después de admitirla como alumna con un permiso especial, seguía sin abrirle su escalafón más alto.

El voto que unas fuentes fechan en 1916 y otras sitúan, sin más precisión, "diecisiete años antes"

Conviene detenerse en el episodio que más circula sobre ella, precisamente porque las fuentes no coinciden del todo en los detalles. Varios artículos de divulgación en español repiten que Trinidad Arroyo votó "diecisiete años antes que las demás mujeres españolas", una fórmula que, si el sufragio femenino pleno llegó en 1931, situaría su voto hacia 1914; otras fuentes académicas, como la biografía conservada en la Biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, sitúan el episodio en 1916, en una elección al Senado en la que pudo votar gracias a su condición de profesora universitaria, una vía legal minoritaria que en ese momento sí permitía a algunas mujeres con determinados cargos académicos participar en comicios muy concretos. Ninguna de las dos versiones es descabellada —ambas coinciden en que el resquicio legal fue su plaza docente, no una reforma general del sufragio—, pero la falta de coincidencia exacta en el año es un buen recordatorio de que incluso el dato más repetido sobre ella no está fijado con la precisión con la que se cuenta.

El ángulo menos contado: la vicepresidenta antifascista que acompañó al Gobierno republicano hasta el exilio

Lo que la mayoría de los resúmenes sobre Trinidad Arroyo dejan en segundo plano, cuando no directamente fuera, es la dimensión política de su vida adulta, que ocupó buena parte de sus últimos veinticinco años. Fue vicepresidenta del Comité Nacional de Mujeres Antifascistas, impulsó en enero de 1937 un programa de intercambio cultural entre España y la Unión Soviética, y participó activamente en el Lyceum Club Femenino, el Comité Femenino de Higiene Popular y la Asociación Española de Mujeres Médicas, de la que llegó a ser presidenta honoraria, además de escribir columnas de contenido feminista en la revista Medicina Social Española. Durante la Guerra Civil firmó, junto a Antonio Machado, el Manifiesto de los Intelectuales Españoles con motivo del segundo aniversario del conflicto, y acompañó al Gobierno de la República en su repliegue por Valencia y Barcelona. En 1937 viajó junto a su marido a la Unión Soviética; al terminar la guerra, en 1939, huyó de España pasando por Francia y Nueva York antes de instalarse definitivamente en Ciudad de México, donde obtuvo la nacionalidad mexicana el 29 de octubre de 1940 y retomó su práctica oftalmológica dentro de la nutrida comunidad de intelectuales exiliados españoles, junto a figuras como Ignacio Bolívar, José Gaos, León Felipe y Max Aub. Llegó a presidir la Unión de Mujeres Españolas en México.

Un regreso, un legado, y una tumba que tardó décadas en volver a Palencia

Solo regresó una vez a España tras el exilio, en 1955, para dejar organizadas unas becas de estudios, y dejó en su testamento buena parte de su patrimonio al Instituto Jorge Manrique de Palencia, heredero del centro que la había acogido como su primera alumna en 1883. Murió en Ciudad de México el 28 de septiembre de 1959; su marido, Manuel Márquez, moriría tres años después y sería enterrado junto a ella. Aquí también hay un matiz sobre el que las fuentes no terminan de coincidir: mientras algunas biografías dan por hecho que el matrimonio quedó enterrado definitivamente en México, otras señalan que sus restos fueron repatriados y trasladados al panteón familiar de Palencia en 2010, medio siglo después de su muerte, sin que ninguna de las dos versiones ofrezca la documentación necesaria para zanjar del todo la cuestión.

Por qué esta historia importa hoy

España sigue arrastrando, más de un siglo después de que Trinidad Arroyo defendiera su tesis, una brecha documentada entre el número de mujeres que se doctoran en medicina y el número de las que alcanzan cátedras universitarias plenas, una desproporción que distintos informes del propio sistema universitario español han señalado en las últimas décadas. Que la mujer que trató de salvar la vista del autor de Fortunata y Jacinta, que investigó durante veinte años la tuberculosis ocular y que llegó a codearse en congresos internacionales con Ivan Pávlov nunca accediera al escalafón más alto de su propia facultad, y que hoy se la recuerde sobre todo por una papeleta de voto cuyo año exacto ni siquiera las fuentes logran fijar, dice menos sobre el peso real de su carrera científica que sobre qué parte de la vida de una pionera resulta, todavía, más fácil de convertir en anécdota que en mérito.

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