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Se negó a abandonar a sus heridos en el asedio de Belchite. La fusilaron, y su calle en Zaragoza sigue siendo motivo de disputa

Agustina Simón murió fusilada en 1937 por quedarse junto a los heridos del hospital que había instalado en primera línea. Casi noventa años después, el Ayuntamiento de Zaragoza sigue debatiendo cómo debe recordarla.

✍️ Montse 📅 27 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 27 visitas
Se negó a abandonar a sus heridos en el asedio de Belchite. La fusilaron, y su calle en Zaragoza sigue siendo motivo de disputa

"No pienso desertar del puesto que me asigne"

Cuando el asedio sobre el seminario de Belchite se recrudeció en el verano de 1937, la mayoría de la guarnición que todavía resistía en su interior terminó replegándose ante la presión de las tropas republicanas. Agustina Simón, la enfermera al cargo del hospital improvisado que ella misma había pedido establecer en aquella posición, se negó a marcharse. Según el testimonio recogido por fuentes carlistas décadas después, respondió a quienes le ofrecían la posibilidad de retirarse con una frase que resume el resto de su historia: "aquí me tiene usted a sus órdenes. No pienso desertar del puesto que me asigne". Se quedó junto a sus heridos. Días después fue fusilada. Casi noventa años más tarde, la calle de Zaragoza que lleva su nombre sigue siendo objeto de disputa política.

De Calatayud a los hospitales de sangre de Zaragoza

Agustina Simón Sanz nació en Calatayud en 1910 y se integró desde joven en el movimiento carlista como margarita, la organización femenina del tradicionalismo español. Completó formación como enfermera, probablemente dentro de los programas de preparación sanitaria que las margaritas venían impulsando desde 1934, en un contexto de creciente tensión política que buena parte del carlismo interpretaba como la antesala de un enfrentamiento armado. Cuando el 24 de julio de 1936 —pocos días después del golpe militar que dio inicio a la Guerra Civil— Zaragoza quedó en manos de las tropas sublevadas, Simón y su hermana se ofrecieron voluntarias para repartir suministros entre los requetés y alojar a los combatientes que llegaban de otras regiones. Poco después fue asignada como enfermera al hospital de sangre habilitado en el colegio del Salvador, donde atendió a heridos de distintos tercios de requetés, entre ellos el de los Almogávares.

Un puesto en primera línea que ella misma pidió

A diferencia de la mayoría de las margaritas, que ejercían su labor sanitaria en la retaguardia, Simón aspiraba explícitamente a servir en primera línea. Tras visitar el sector de Belchite, obtuvo permiso para instalar un pequeño hospital en el Seminario del pueblo, la posición más avanzada y más expuesta de todo el frente en esa zona. Cuando las fuerzas republicanas iniciaron el asedio sobre Belchite el 24 de agosto de 1937, en el marco de la ofensiva que buscaba aliviar la presión sobre Madrid desviando tropas franquistas hacia Aragón, Simón permaneció en su puesto atendiendo a los heridos que se acumulaban en el Seminario a medida que el cerco se estrechaba. La batalla de Belchite se convertiría, en los meses siguientes, en uno de los episodios más recordados de toda la Guerra Civil en el frente de Aragón, tanto por la dureza del combate casa por casa dentro del propio pueblo como por las ruinas que dejó a su paso: el Belchite viejo, arrasado por los combates, nunca volvió a reconstruirse y hoy se conserva deliberadamente en ruinas como memorial abierto de la contienda, uno de los pocos escenarios de la guerra que sigue siendo visitable prácticamente tal como quedó entonces.

El repliegue del 3 de septiembre, y la decisión de quedarse

El 3 de septiembre de 1937, con la posición del Seminario prácticamente insostenible, la mayor parte de la guarnición que todavía resistía se replegó hacia otras líneas defensivas. Agustina Simón, según recogen las fuentes disponibles sobre este episodio, rechazó abandonar a los heridos que tenía a su cargo y permaneció en el Seminario junto a ellos, sabiendo que la posición estaba a punto de caer en manos republicanas.

Captura, traslado a Híjar y ejecución

Fue hecha prisionera junto al capellán Pantaleón Cobeta y quince requetés que tampoco habían logrado replegarse a tiempo. Los diecisiete prisioneros fueron trasladados a la localidad de Híjar, donde, según el relato disponible sobre su cautiverio, Simón sufrió insultos y vejaciones y rechazó tanto la comida como las propuestas que se le hicieron para salvar la vida a cambio de colaborar con las fuerzas republicanas, respondiendo, siempre según esa misma fuente: "no quiero nada de vosotros, no quiero nada con los enemigos de mi Dios y de mi Patria". La noche del 4 de septiembre de 1937, los diecisiete prisioneros fueron trasladados en camioneta unos cuatro kilómetros fuera de Híjar y ejecutados por un grupo de brigadistas internacionales.

Una frase final que nadie pudo haber escuchado y transmitido de primera mano

Aquí conviene aplicar el mismo criterio de contraste que exige cualquier otro relato de una ejecución sin supervivientes conocidos: la versión que hoy circula sobre sus últimas palabras —que gritó "¡Viva España y Viva Cristo Rey!" mientras sostenía una pequeña estatua del Niño Jesús que había rescatado del Seminario antes de su captura— procede exclusivamente de relatos carlistas escritos décadas después de los hechos, y no de ningún testigo directo cuya identidad se haya podido documentar de forma independiente: si los diecisiete prisioneros fueron ejecutados esa misma noche, resulta difícil establecer con precisión quién pudo transmitir ese detalle final. Eso no significa que la ejecución no ocurriera —los datos centrales del episodio, incluida la fecha y el número de víctimas, aparecen de forma consistente tanto en fuentes carlistas como en fuentes de memoria histórica de signo político opuesto—, sino que el detalle dramático concreto de sus últimas palabras pertenece con más probabilidad a la tradición oral y a la reconstrucción hagiográfica posterior que a un testimonio verificable, y así debe tratarse.

El ángulo menos contado: una calle que dos memorias históricas disputan hoy

Lo que ningún resumen divulgativo sobre Agustina Simón suele contar con detalle es lo que ha ocurrido con su memoria en el presente. El Ayuntamiento de Zaragoza le dedicó, hace décadas, una calle en su honor, un homenaje que encajaba sin fricción en la memoria oficial del franquismo. Con la aprobación de la Ley de Memoria Democrática, ese callejero entró en revisión: el 6 de septiembre de 2019, el consistorio paralizó el expediente que estudiaba su posible cambio de nombre, en medio de un debate político sobre qué calles debían revisarse por su vinculación con el franquismo. En lugar de eliminar el nombre, el Ayuntamiento optó el 4 de abril de 2022 por una solución intermedia: instalar una placa adicional que "resignifica" el homenaje, describiendo a Simón por su "vocación humanitaria" como enfermera y refiriéndose a la Guerra Civil en términos neutros, sin mencionar su filiación política ni el bando por el que murió. La Fundación 14 de Abril, de orientación progresista, ha criticado esa solución por considerar que suaviza el origen explícitamente franquista del homenaje original; los espacios de memoria carlista, por su parte, siguen presentándola como una mártir de la tradición equiparable a la mismísima Agustina de Aragón, la heroína de la guerra de la Independencia española del siglo XIX de la que toma prestado el sobrenombre popular con el que se la conoce hoy.

Por qué esta historia importa hoy

Agustina Simón murió sin haber cumplido los treinta años por negarse a abandonar a los heridos que tenía a su cargo, en uno de los episodios de resistencia sanitaria mejor documentados, aunque menos conocidos fuera de círculos especializados, del bando sublevado durante la batalla de Belchite. Que casi noventa años después su nombre siga generando un debate activo sobre cómo deben recordarse a los combatientes de todos los bandos de la Guerra Civil española no resta un ápice de verdad a los hechos centrales de su historia: fue enfermera, se quedó junto a sus heridos cuando podía haberse ido, y fue ejecutada por ello. Cómo debe llamarse hoy la calle que lleva su nombre es una pregunta distinta, y siendo distinta, sigue sin tener una respuesta que convenza a las dos memorias históricas que hoy se la disputan.

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