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Su fortuna, no su sangre real, le compró un trono a su marido. Quién fue Leonor de Alburquerque.

En 1412, un tribunal de compromisarios eligió a Fernando de Antequera como nuevo rey de Aragón entre varios candidatos con mejores derechos dinásticos. Su esposa, Leonor de Alburquerque, poseía una de las mayores fortunas nobiliarias de Castilla.

✍️ Montse 📅 22 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 4 visitas
Su fortuna, no su sangre real, le compró un trono a su marido. Quién fue Leonor de Alburquerque.

Un trono vacante, y un candidato que necesitaba dinero más que sangre

Cuando el rey Martín I de Aragón murió en 1410 sin dejar heredero directo, la corona aragonesa quedó vacante en mitad de una crisis dinástica que solo se resolvería dos años después, en 1412, mediante un procedimiento sin apenas precedentes en la Europa medieval: un tribunal de nueve compromisarios, reunido en la localidad turolense de Caspe, se encargaría de decidir, entre los distintos candidatos con algún derecho de sangre al trono, cuál debía ceñir la corona. El vencedor de aquel proceso, conocido desde entonces como el Compromiso de Caspe, fue Fernando de Antequera, un infante castellano, hijo segundo de Juan I de Castilla, cuyo derecho dinástico al trono aragonés —nieto de Pedro IV por vía materna— era real pero no necesariamente el más sólido entre los candidatos presentados. Lo que si tenía Fernando, y lo que buena parte de la historiografía tradicional menciona solo de pasada, era una esposa cuya fortuna personal superaba con holgura la de cualquier otro pretendiente al trono: Leonor de Alburquerque, conocida ya en su época con un apodo que resume, mejor que cualquier título nobiliario, el verdadero alcance de su poder: "la Rica Hembra".

La heredera más rica de Castilla, casada a los veinte años con un niño de catorce

Leonor había nacido en 1374, hija del infante Sancho de Castilla —hijo ilegítimo de Alfonso XI— y de la infanta portuguesa Beatriz, hija a su vez del rey Pedro I de Portugal y de la célebre Inés de Castro. Por vía paterna, Leonor heredó un patrimonio territorial extraordinario, repartido entre Castilla, León, La Rioja y Extremadura, con señoríos como Haro, Briones, Ledesma y el propio Alburquerque que le daría su apodo dinástico. En 1394, con unos veinte años ya cumplidos, se casó con su sobrino Fernando, entonces un adolescente de apenas catorce años, hijo del rey Juan I de Castilla, en un matrimonio acordado años antes por la propia corte castellana precisamente para vincular la inmensa fortuna de Leonor a la rama real. Tuvieron siete hijos entre 1394 y 1410, nacidos todos en Medina del Campo, que la historiografía española conoce colectivamente como los Infantes de Aragón: entre ellos, Alfonso, que reinaría como Alfonso V de Aragón, y Juan, que llegaría a ser rey tanto de Navarra como de Aragón.

Un tribunal de nueve hombres, y el dinero que permitió llegar hasta él

El Compromiso de Caspe no fue una simple deliberación jurídica desinteresada: implicó meses de campañas de presión, alianzas nobiliarias, promesas de cargos y, según reconocen varias fuentes académicas de forma tangencial, un considerable despliegue de recursos económicos por parte de los distintos candidatos para ganarse el favor de los compromisarios y de las cortes territoriales que debían ratificar la decisión final. Fernando de Antequera llegó a ese proceso no solo con su propio prestigio como regente de Castilla durante la minoría de edad de su sobrino Juan II, sino respaldado por la fortuna de su esposa, una de las mayores heredadas de toda la Corona de Castilla. Las fuentes disponibles atribuyen a esa combinación de influencia política y poder económico —encarnado, de forma nada simbólica, en el propio patrimonio de Leonor— un papel decisivo en el desenlace de Caspe, frente a candidatos con vínculos dinásticos en algunos casos igual de sólidos, como el conde de Urgel, cuya derrota desencadenaría después una revuelta armada en Aragón que tardaría años en sofocarse por completo.

El ángulo menos contado: una reina cuyo poder no dependía de la sangre real

Aquí está el matiz que la mayoría de los relatos sobre el Compromiso de Caspe pasan por alto, centrados casi siempre en la disputa jurídica entre los distintos candidatos varones: el poder real de Leonor de Alburquerque no procedía de ningún título de sangre real por derecho propio —era nieta de un hijo ilegítimo, no de un rey legítimo—, sino de un patrimonio territorial heredado que, en la práctica política de la Castilla y la Aragón de comienzos del siglo XV, funcionaba como una forma de capital político tan determinante como cualquier árbol genealógico. Que su propio apodo, "la Rica Hembra", sobreviviera a través de los siglos como la forma habitual de referirse a ella en las crónicas y genealogías posteriores, por encima incluso de su título de reina de Aragón, sugiere que sus contemporáneos entendieron perfectamente cuál era la fuente última de su influencia: no la corona que terminó llevando sobre la cabeza desde 1412, sino el patrimonio que la había llevado hasta allí. Es una lectura de la historia dinástica medieval —el dinero como argumento político tan real como la sangre— que rara vez ocupa el centro del relato cuando se cuenta el Compromiso de Caspe, casi siempre reducido a una cuestión de legitimidad jurídica entre hombres.

Sobre el final de su vida existe un dato que merece tratarse con la cautela debida: una fuente especializada sostiene que, tras enviudar en 1416, Leonor fue recluida durante un tiempo en el monasterio de Santa Clara de Tordesillas por orden de su propio yerno, Juan II de Castilla, casado con su hija María. Otras fuentes consultadas para este artículo, incluida la biografía más completa disponible en español, no recogen ese episodio ni lo contradicen expresamente, por lo que se presenta aquí como un dato procedente de una sola fuente, no como un hecho establecido con la misma solidez que el resto de la biografía.

La revuelta que su fortuna no pudo comprar del todo

La victoria de Fernando de Antequera en Caspe no cerró la disputa dinástica de forma pacífica. Jaime, conde de Urgel, el candidato derrotado con un derecho de sangre que buena parte de la nobleza aragonesa consideraba más directo, se levantó en armas contra el nuevo rey apenas unos meses después de conocerse la decisión de los compromisarios, en lo que la historiografía aragonesa conoce como la revuelta urgelista. La rebelión fue sofocada por las tropas de Fernando en 1413, con la rendición del conde de Urgel en el castillo de Balaguer, pero el episodio deja constancia de que el patrimonio de Leonor, decisivo para ganar la partida institucional en Caspe, no bastó por sí solo para evitar que la legitimidad del nuevo rey fuera disputada también por la fuerza. Leonor, mientras tanto, ejerció como reina consorte desde 1412 con una presencia política activa poco habitual para el cargo: las crónicas de la época la sitúan interviniendo en asuntos de gobierno durante las frecuentes ausencias de su marido, ocupado en sofocar la revuelta y en consolidar su autoridad en los distintos territorios de la Corona de Aragón, Cataluña y Valencia entre ellos, cada uno con sus propias cortes e instituciones que debían jurar al nuevo monarca por separado.

Por qué esta historia importa hoy

Leonor de Alburquerque murió el 16 de diciembre de 1435, en el monasterio de Santa María la Real de Medina del Campo, casi veinte años después de la muerte de su marido y con al menos dos de sus siete hijos ya convertidos en reyes por derecho propio. Su fortuna, que había ayudado a colocar a Fernando en el trono aragonés en 1412, terminó multiplicada en el poder acumulado por una descendencia que llegó a reinar simultáneamente en Aragón, Navarra y, de forma indirecta a través de su hija María, en la propia Castilla. Que ese resultado dinástico extraordinario —una sola mujer en el origen directo de varias coronas peninsulares durante generaciones— se recuerde casi siempre bajo el nombre de "los Infantes de Aragón", sus hijos varones, y no bajo el de la mujer cuyo patrimonio hizo posible que su familia llegara hasta ahí, es precisamente el tipo de desequilibrio en la memoria histórica que una fortuna como la suya, paradójicamente, no pudo comprar.

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