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Su marido tuvo diez hijos con su amante. Ella esperó veintidós años y la mandó ejecutar. La venganza le costó el trono a su propio hijo

María de Portugal fue reina de Castilla a la sombra de Leonor de Guzmán, la amante de Alfonso XI. En 1351 ordenó su ejecución en Talavera de la Reina. Dieciocho años después, el hijo de Leonor asesinó a su hijo Pedro I y fundó la dinastía Trastámara.

✍️ Montse 📅 17 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 4 visitas
Su marido tuvo diez hijos con su amante. Ella esperó veintidós años y la mandó ejecutar. La venganza le costó el trono a su propio hijo

La reina que esperó veintidós años para vengarse, y cuya venganza no salió como esperaba

En el verano de 1351, en el alcázar de Talavera de la Reina, una mujer llevaba meses cautiva esperando su ejecución. Se llamaba Leonor de Guzmán, había sido durante más de dos décadas la amante reconocida del rey Alfonso XI de Castilla, madre de diez de sus hijos, y la persona con más influencia real en la corte castellana mientras la reina legítima, María de Portugal, vivía apartada, primero en un convento sevillano, después reducida a un papel casi decorativo en su propio matrimonio. Alfonso XI había muerto un año antes, de peste, durante el cerco de Gibraltar. Su hijo legítimo, Pedro I, apenas tenía dieciséis años cuando heredó el trono. Y la mujer que durante dos décadas había sido apartada de su propia corte tuvo, por fin, el poder necesario para decidir qué pasaba con su rival. Decidió que muriera.

Una boda por dote, un matrimonio vaciado desde dentro

María había nacido en 1313, hija del rey Alfonso IV de Portugal y de la infanta Beatriz de Castilla. Se casó con su primo Alfonso XI en septiembre de 1328, en Alfayates, en un enlace que sellaba la paz entre las dos coronas ibéricas tras años de tensión fronteriza; como parte del acuerdo matrimonial, Alfonso le concedió las fortalezas, villas y rentas de Guadalajara, Talavera de la Reina y Olmedo, un detalle que el paso del tiempo convertiría en una ironía difícil de superar: veintitrés años después, sería precisamente en Talavera, una de las plazas que formaban parte de su propia dote de boda, donde María ordenaría ejecutar a la mujer que la había sustituido en el afecto de su marido.

Ese desplazamiento no tardó en producirse. Hacia 1330, apenas dos años después de la boda, Alfonso XI comenzó una relación con Leonor de Guzmán, una noble andaluza viuda, que se prolongaría hasta la muerte del rey y de la que nacerían diez hijos, entre ellos Enrique, Fadrique, Tello y Sancho, criados y reconocidos en la corte con una visibilidad que rara vez se concedía a la descendencia ilegítima de un monarca castellano. María, mientras tanto, pasó largas temporadas apartada de la actividad política y cortesana, refugiada en el convento sevillano de San Clemente. Su padre, el rey Alfonso IV de Portugal, presionó repetidamente a su yerno para que abandonara a Leonor, llegando a respaldar diplomática y militarmente a nobles castellanos descontentos con la situación, sin conseguir nunca que Alfonso XI renunciara a la relación que sostendría, de hecho, hasta el final de su vida.

Veintidós años de segundo plano, y una muerte que lo cambió todo

Alfonso XI murió el 26 de marzo de 1350, víctima de la peste negra durante el sitio de Gibraltar, una de las pocas grandes figuras reales europeas que murieron de la epidemia en un campo de batalla y no en su propio palacio. Su heredero legítimo, Pedro, tenía apenas dieciséis años, y el vacío de poder que se abrió tras la muerte del rey colocó, de golpe, a dos mujeres en una posición que ninguna de las dos había ocupado hasta entonces con plena libertad de acción: María, ahora reina madre, y Leonor, la amante que durante dos décadas había gozado de más influencia real que la propia esposa legítima del rey. Solo una de las dos iba a salir con vida de esa transición.

María recuperó influencia política junto al valido de la corona, Juan Alfonso de Alburquerque, tutor y consejero del joven Pedro I, y entre ambos convencieron al nuevo rey de encarcelar a Leonor de Guzmán poco después de la muerte de Alfonso XI. La antigua favorita fue trasladada, con el tiempo, a Talavera de la Reina, la villa que formaba parte de la dote original de María, donde, según recogen distintas crónicas y estudios posteriores, la reina «llevó su sufrimiento al extremo» antes de obtener finalmente el permiso real para ejecutarla, en el verano de 1351. Una crónica castellana de la época resume el episodio con una frase que resultaría, con los años, mucho más profética de lo que su autor podía imaginar: de aquella muerte, escribió, «se levantó mucho mal y mucha guerra en Castilla».

El ángulo menos contado: una venganza que acabó coronando a la familia de la víctima

Aquí está la parte de la historia que rara vez se cuenta con el detalle que merece, porque exige seguir el hilo mucho más allá de la propia muerte de María. La ejecución de Leonor de Guzmán no cerró el conflicto dinástico castellano: lo abrió. Enrique de Trastámara, uno de los diez hijos que Leonor había tenido con Alfonso XI, encabezó en los años siguientes una rebelión nobiliaria cada vez más amplia contra su medio hermano Pedro I, cuyo reinado —marcado por ejecuciones de nobles, una boda con Blanca de Borbón rota casi de inmediato y una política exterior errática— fue acumulando enemigos dentro y fuera de Castilla. La propia María, en un giro que sus contemporáneos no dejaron de señalar, terminó uniéndose en 1354 a una revuelta nobiliaria contra su propio hijo Pedro I, hasta el punto de que este llegó a atacar en enero de 1356 el alcázar de Toro, donde ella se refugiaba, y a ejecutar a varios de los nobles bajo su protección, entre ellos su propio mayordomo. El golpe emocional fue tal que María, ya enferma, regresó a Portugal, donde murió al año siguiente, en 1357, sin llegar a ver el desenlace final del conflicto que su propia venganza había contribuido a desencadenar.

Ese desenlace llegó doce años después de su muerte, en 1369, cuando Enrique de Trastámara derrotó y asesinó personalmente a Pedro I en el campo de Montiel, poniendo fin a la línea legítima que María había defendido con la ejecución de Leonor y fundando, con su propia coronación como Enrique II, la dinastía Trastámara que gobernaría Castilla —y después buena parte de la península ibérica, a través de sus ramas aragonesa y navarra— durante los dos siglos siguientes. La mujer que María había mandado matar para proteger el trono de su hijo vio, dieciocho años después de su propia muerte, cómo ese mismo hijo era asesinado por el hijo de su rival, y cómo la sangre que ella había intentado borrar de la sucesión castellana terminaba, por la vía de las armas, ocupando el trono que había querido arrebatarle.

Por qué esta historia importa hoy

La historia de María de Portugal suele resumirse, cuando se cuenta, como la de la esposa humillada que por fin pudo vengarse de su rival. Es una lectura correcta hasta donde llega, pero se detiene justo antes del dato que le da su verdadero peso histórico: la ejecución de Leonor de Guzmán no fue el final de la disputa entre dos mujeres por el afecto y la herencia de un mismo rey, sino el primer eslabón de una guerra civil de casi dos décadas que terminó sustituyendo a la dinastía legítima de Castilla por la línea de la propia amante ejecutada. Que la Corona de Castilla —y con ella, generaciones después, la propia Corona de España— descienda genealógicamente de Enrique de Trastámara y no de Pedro I dice bastante sobre los límites de cualquier venganza dinástica: María ganó la batalla de 1351 y perdió, sin saberlo todavía, la guerra que esa misma victoria había puesto en marcha.

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