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Su padre la descubrió vestida de soldado en un batallón carlista: quién fue Francisca Guarch.

Francisca Guarch combatió disfrazada de hombre siete meses en la Tercera Guerra Carlista y recibió la Cruz al Mérito Militar.

✍️ Montse 📅 03 de September de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 3 visitas
Su padre la descubrió vestida de soldado en un batallón carlista: quién fue Francisca Guarch.

Su padre la reconoció en la formación de un batallón carlista, y ninguna fuente coincide en lo que pasó después

Durante una revista de tropas del 2.º Batallón de Gerona, en algún momento de 1873, un tejedor de Castellfort que había viajado hasta Cataluña para buscar a su hija reconoció, entre la fila de voluntarios carlistas formados con el fusil al hombro, a un soldado que respondía al nombre de Francisco. El soldado tenía el pelo corto, vestía el uniforme reglamentario y llevaba ya, cosida a la manga, la distinción por su valor en combate. Era, en realidad, Francisca Guarch Folch, de quince años, que llevaba meses combatiendo disfrazada de hombre en las filas de Carlos VII. Lo que ocurrió justo después de aquel reconocimiento —si volvió a casa por su propia voluntad, si fue expulsada del frente, si aceptó sin más el indulto o si, por el contrario, pasó el resto de su vida entrando y saliendo de la cárcel por negarse a jurar lealtad a otro rey— es, sorprendentemente, algo que ni siquiera los pocos artículos que se han escrito sobre ella en español logran contar de la misma manera.

Una boina roja heredada: quién era la joven que se convirtió en "Francisco"

Francisca nació el 4 de octubre de 1857 en Castellfort, un pequeño municipio del Maestrazgo, en el interior de la provincia de Castellón, una comarca de arraigada tradición carlista desde las dos guerras anteriores. Su padre, tejedor de oficio, había combatido en ambas contiendas y crió a sus hijos —entre ellos su hermano mayor, Julián— con los relatos de aquellas campañas todavía frescos. Cuando en diciembre de 1872 estalló la Tercera Guerra Carlista, el enfrentamiento que Carlos María de Borbón y Austria-Este —Carlos VII para sus partidarios— libró primero contra el trono de Amadeo de Saboya y después contra la Primera República, Julián se alistó de inmediato en las partidas carlistas de la zona. Francisca, según coinciden todas las fuentes consultadas, no estaba dispuesta a quedarse en casa esperando noticias.

Cuatrocientos kilómetros a pie y un primer combate a los quince años

Con apenas cuatro reales de plata en el bolsillo, Francisca se cortó el pelo, se vistió con ropa de hombre y adoptó el nombre de Francisco Guarch. Recorrió a pie cerca de cuatrocientos kilómetros desde Castellfort hasta el norte de Cataluña, en dirección a San Esteban de Llémena, en la provincia de Girona, donde las partidas carlistas tenían buena parte de su base de operaciones. Allí logró alistarse como voluntaria en la partida del cabecilla Ferrer, integrada más tarde en el 2.º Batallón de Girona. Su bautismo de fuego llegó el 23 de enero de 1873: sorprendida por una patrulla enemiga durante una retirada, se ocultó entre la maleza, hirió a uno de los soldados que la buscaban y capturó a otro junto con su caballo, regresando al campamento con dos prisioneros. No fue, según las mismas fuentes, un gesto aislado: en otra ocasión cargó a hombros, durante horas, a un compañero herido para evitar que cayera en manos enemigas.

De Puigreig a Alpens: siete meses de campaña bajo un nombre que no era el suyo

Durante los siete meses siguientes, Francisca combatió con las partidas carlistas del Empordà y el Pirineo gerundense, bajo las órdenes del cabecilla Barceló. Las crónicas que se han ocupado de su caso sitúan su presencia en la acción de Puigreig, en septiembre de 1873, en un ataque a un convoy enemigo cerca de Berga y en las batallas de Oristà, Igualada y, sobre todo, Alpens, donde una victoria carlista sobre las tropas gubernamentales se convirtió en una de las acciones más recordadas de aquella fase de la guerra en Cataluña. Por su comportamiento en combate recibió la Cruz del Mérito Militar, concedida por el infante Alfonso Carlos de Borbón, y un ascenso a soldado de primera clase, una distinción que muy pocas mujeres —vestidas de mujer o de hombre— llegaron a recibir en el bando carlista.

La joven que se enamoró de "Francisco" sin saber que escribía a una mujer

Uno de los episodios que más se repite sobre ella, aunque casi nunca con más de una frase de desarrollo, es que durante su tiempo en campaña una joven llamada Carme se enamoró platónicamente de "Francisco", sin sospechar que el soldado con el que intercambiaba cartas era en realidad una mujer. Según las fuentes que recogen el episodio, Francisca mantuvo la correspondencia sin desmentir el malentendido mientras continuaba en el frente. El detalle tiene un evidente valor narrativo —y probablemente explica por qué varios medios lo han rescatado en los últimos años—, pero ninguna de las piezas periodísticas que lo mencionan cita un archivo, una carta conservada o una fuente primaria distinta de sí misma; todo apunta a que el dato procede, en última instancia, de un mismo estudio académico centrado en su caso, y que el resto de las versiones simplemente lo han heredado sin verificarlo por su cuenta.

El ángulo menos contado: tres finales distintos para la misma mujer, y una fecha de muerte que ni las fuentes acuerdan

Ahí es precisamente donde este caso se vuelve más interesante que la simple anécdota de una mujer disfrazada de soldado. Localizado su paradero por su padre durante aquella revista de tropas en Girona, Francisca fue apartada del frente, y a partir de ese momento las fuentes dejan de coincidir. Una versión, recogida por el diario El Debate y por el blog especializado en historia carlista Requetés Punto Com, sostiene que fue enviada a Perpiñán, en el sur de Francia, donde trabajó como sirvienta, y que tras la muerte de su hermano Julián en 1885 se trasladó a Sabadell para servir en casa de un sacerdote. Otra versión, defendida por el Observatorio de Seguridad y Defensa y por El Faro de Ceuta, afirma en cambio que regresó a Castellfort, rechazó el indulto que le ofreció el gobierno de Alfonso XII y sufrió encarcelamientos repetidos por seguir defendiendo en público la causa carlista ante sus propios vecinos. Una tercera variante, citada en un libro sobre mujeres del siglo XIX recogido por Infolibre, la describe simplemente reincorporada a la vida civil de Castellfort como tejedora y cuidadora, sin mención alguna a prisión o exilio. Ninguna de las tres aporta una fuente documental primaria —un expediente judicial, un padrón, una partida de defunción— que permita zanjar cuál es la exacta; lo único en lo que coinciden casi todas es en que murió el 30 de diciembre de 1903, aunque un perfil publicado por El Español sitúa su muerte en 1907, una fecha que no encaja con el resto de su cronología y que ningún otro artículo respalda.

Una figura sin entrada en la Wikipedia en español, pese a su Cruz al Mérito Militar

Ese desacuerdo básico sobre cómo y cuándo murió resulta, más allá de la anécdota, un síntoma bastante preciso del hueco real que rodea su figura. Francisca Guarch Folch cuenta con entrada propia en la Viquipèdia catalana y con ficha en Wikidata, y su historia ha aparecido, en los últimos cinco años, en medios como El Español, El Correo de Pozuelo, El Debate o Requetés Punto Com, además de un artículo académico indexado en Dialnet centrado específicamente en su caso. Es, en ese sentido, una mujer relativamente citada. Pero no existe todavía una versión en español que reúna esas piezas dispersas, señale sus contradicciones y las deje planteadas como lo que son —una biografía documentada de forma desigual, con más anécdota suelta que archivo consultado— en lugar de repetir sin más la versión más reciente o la más dramática.

Por qué esta historia importa hoy

El paralelismo con Mulán que ya ha empleado algún medio español al hablar de ella —"la Mulán valenciana"— es tentador, pero incompleto: a diferencia de la leyenda china, aquí no hay un final ordenado en el que la protagonista regresa a casa cargada de honores y recupera sin más su vida anterior. Lo que queda de Francisca Guarch, siglo y medio después de que cruzara a pie media Cataluña vestida de hombre, es precisamente lo contrario: un final abierto, con al menos tres desenlaces posibles y ninguno confirmado del todo, que ningún archivo consultado hasta ahora ha terminado de resolver. Quizá la pregunta más honesta que deja su historia no sea qué llevó a una adolescente de Castellfort a combatir bajo un nombre falso durante siete meses de guerra, sino por qué, ciento cincuenta años después, seguimos sin saber con certeza cómo terminó esa historia para ella.

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