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Su padre le prohibió escribir y la convirtió en violonchelista: así se rebeló la catalana Aurora Bertrana

De la primera banda de jazz femenina de Europa a los harenes de Marruecos y la Guerra Civil española, Aurora Bertrana construyó una obra que el rechazo editorial y después el olvido se encargaron de silenciar.

✍️ Montse 📅 03 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 8 visitas
Su padre le prohibió escribir y la convirtió en violonchelista: así se rebeló la catalana Aurora Bertrana

Un padre novelista le prohibió escribir, así que la convirtió en violonchelista. La decisión se le volvió en contra

Cuando Aurora Bertrana anunció en su Girona natal que quería dedicarse a escribir, su padre, el influyente novelista modernista Prudenci Bertrana, se opuso con la autoridad de quien ya era una figura reconocida de las letras catalanas. La forma que eligió para desviarla de esa vocación no fue prohibírsela sin más, sino orientarla hacia otra disciplina que consideraba más apropiada: la música. La apuntó a clases de violonchelo con Tomàs Sobrequés, primero en Barcelona y después en Ginebra. Prudenci Bertrana no podía imaginar, mientras tomaba esa decisión, que el violonchelo acabaría siendo precisamente lo que sacara a su hija de Cataluña, la pusiera en contacto con la vanguardia cultural europea y terminara, por el camino más largo posible, convirtiéndola en escritora de todos modos.

De tocar en clubes nocturnos barceloneses a la primera banda de jazz formada solo por mujeres en Europa

Bertrana había nacido en Girona el 29 de octubre de 1892. Antes de marcharse a Suiza, tocó el violonchelo en Barcelona formando parte de un trío femenino que actuaba en salas nocturnas, un circuito profesional poco habitual para una joven de familia burguesa catalana de comienzos del siglo XX. Entre 1922 y 1924 completó su formación en el Instituto Jacques-Dalcroze de Ginebra, un centro que la puso en contacto directo con el ambiente cultural europeo de entreguerras, y allí llegó a integrar la Jazz Women, presentada como la primera banda de jazz formada íntegramente por mujeres de Europa, con actuaciones regulares en el Hotel Chamonix. En 1925 conoció, durante una de esas actuaciones, al ingeniero eléctrico suizo Denys Choffat, con quien se casó ese mismo año.

Tahití, inspirada por un novelista colonial francés que nunca imaginó una lectora así

Fueron los contratos laborales de Choffat los que llevaron al matrimonio hasta la Polinesia francesa en 1926, pero la decisión de ir tenía, según las propias fuentes que han reconstruido su biografía, una motivación literaria previa: Bertrana había leído con fascinación la obra del oficial naval y novelista Pierre Loti, cuyos relatos exotizados sobre Tahití habían construido, para toda una generación de lectores europeos, la imagen de una Polinesia idílica y sexualmente disponible. Bertrana llegó a la isla dispuesta a comprobar esa imagen con sus propios ojos, trabajó allí como profesora de música y dedicó buena parte de su tiempo a estudiar de cerca la cultura indígena, en particular la vida de las mujeres polinesias. El resultado, publicado en 1930 como Paradisos oceànics, la consagró como escritora y, al mismo tiempo, la situó en una posición incómoda que sus biógrafos actuales no siempre resuelven: una autora europea que iba a comprobar el mito colonial de Loti terminó, en buena medida, describiendo con no menos fascinación exotizante a las mismas mujeres que decía estudiar.

Marruecos, sola: harenes, burdeles y cárceles como material de reportaje

Nueve años después de Tahití, en 1935, Bertrana emprendió un viaje mucho más arriesgado y, esta vez, en solitario: se trasladó a Marruecos para documentar de cerca la vida de las mujeres musulmanas, accediendo a espacios —harenes, burdeles, prisiones— a los que ningún periodista varón de la época habría podido entrar, y a los que muy pocas periodistas europeas se atrevieron a acercarse con la voluntad explícita de escribir sobre ellos. El resultado, El Marroc sensual i fanàtic, se publicó en 1936 y constituye, según reconocen quienes han revisado su obra menos conocida, uno de los primeros ejercicios de reportaje antropológico escrito por una mujer catalana sobre un territorio bajo protectorado español. Ese mismo año, y de forma menos previsible, colaboró con la persona que años antes había intentado apartarla de la escritura: padre e hija firmaron juntos la novela de aventuras L'illa perduda (1935), ambientada en los mares del Sur, en una suerte de reconciliación tardía entre la vocación que él le había negado y la que finalmente ejerció de todos modos.

De candidata derrotada a editora de una revista feminista en plena Guerra Civil

Bertrana no limitó su activismo a la escritura. En 1933 se presentó como candidata por Esquerra Republicana de Catalunya, sin lograr el escaño, y con el estallido de la Guerra Civil en 1936 asumió la dirección de Companya, la revista femenina vinculada a ese mismo partido, desde la que defendió la causa republicana y catalanista en un momento en que buena parte de la prensa española, y no digamos la europea, apenas prestaba atención a las voces de mujeres sobre el conflicto. La guerra, sin embargo, no solo puso a prueba sus convicciones políticas: también partió en dos su matrimonio. Denys Choffat se pasó al bando franquista en 1938, una decisión que precipitó la separación de la pareja y, poco después, el exilio de Bertrana.

El ángulo menos contado: rechazada por no encajar en la "literatura femenina", exiliada por su compromiso político

Aquí está la parte de su biografía que menos suele desarrollarse, y que probablemente explica mejor que ninguna otra por qué su nombre apenas circula hoy en español. Instalada primero en Suiza y después en Prada de Conflent, Bertrana sobrevivió en el exilio con trabajos precarios —niñera, secretaria, profesora de idiomas— y dedicó parte de su tiempo a ayudar a catalanes internados en los campos de concentración franceses del sur, en los que miles de refugiados republicanos malvivían tras cruzar la misma frontera pirenaica que ella misma cruzaría varias veces en años posteriores. En esa etapa cultivó también una amistad con el violonchelista Pau Casals, otro exiliado catalán ilustre. Y sin embargo, según recoge la investigación reciente sobre su figura, buena parte de sus obras fueron rechazadas por las editoriales de la época por no ajustarse a los cánones habituales que se esperaban entonces de la literatura escrita por mujeres: ni domésticas, ni sentimentales, sino de aventura, reportaje y denuncia social. Esa doble marginación —política, por su exilio y su catalanismo republicano; y literaria, por escribir fuera del molde que se le suponía a una escritora— ayuda a explicar por qué una autora con cerca de doscientos artículos publicados en la prensa catalana entre 1923 y los años setenta, desde La Veu de Catalunya hasta el semanario Presència, apenas cuenta hoy con una sola pieza divulgativa de peso en español, frente a la bibliografía que sí existe en catalán y en círculos académicos internacionales.

Por qué esta historia importa hoy

Bertrana regresó a Cataluña ya en la vejez, y en 1967 publicó Vent de grop, una novela pionera en abordar el turismo de masas como tema literario, que sería adaptada al cine en la década siguiente. Murió en Berga el 3 de septiembre de 1974. Girona y Barcelona le han dedicado en los últimos años rutas culturales que recorren los escenarios de su vida, y en 2023 se publicó Partidària de la vida, una recopilación de sesenta de sus artículos, conferencias y entrevistas más relevantes que ha reavivado el interés académico por su figura. Lo que todavía no existe es una versión de su historia pensada para un público hispanohablante general, ajeno a los circuitos universitarios y a la prensa catalana. La vida de una mujer a la que su propio padre intentó convertir en música para que no fuera escritora, y que terminó siendo las dos cosas a la vez —además de corresponsal, activista y superviviente de un exilio impuesto por la guerra que le arrebató el matrimonio— sigue siendo, en español, una historia por completo por contar.

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