En vivo
Todas
Ciencia y Descubrimiento
Poder y Liderazgo
Arte y Pensamiento
Coraje y Resistencia

Teresa de Cartagena: la monja sorda que tuvo que demostrar que sí había escrito su propio libro

En el siglo XV, esta escritora castellana completamente sorda escribió un tratado tan sólido que varios lectores dudaron de que fuera suyo. Su respuesta fue escribir un segundo libro dedicado por entero a defender su autoría.

✍️ Montse 📅 30 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 10 visitas
Teresa de Cartagena: la monja sorda que tuvo que demostrar que sí había escrito su propio libro

Le dijeron que un libro tan bien escrito no podía haberlo hecho una mujer. Ella respondió escribiendo otro

Hacia 1470, en un convento castellano, una monja completamente sorda desde hacía dos décadas terminó de escribir un tratado breve sobre el sentido espiritual del sufrimiento, titulado Arboleda de los enfermos. El texto circuló entre lectores cultos de su entorno y provocó una reacción que hoy resulta reveladora por sí sola: varios de esos lectores, hombres formados en teología, se negaron a creer que una mujer pudiera haber compuesto un argumento tan sólido y bien construido, y sugirieron que detrás del texto debía de estar la mano de algún clérigo. La autora, Teresa de Cartagena, no dejó pasar la acusación. Escribió un segundo libro, Admiración de las obras de Dios, con un único propósito declarado: demostrar, con su propia pluma, que la primera obra era exactamente lo que decía ser, suya. Es, probablemente, el primer texto conocido en lengua castellana escrito por una mujer para defender explícitamente su derecho a haber escrito otro.

Nieta de un rabino convertido en obispo, sobrina de un humanista

Teresa de Cartagena nació hacia 1425, muy probablemente en Burgos, en el seno de una de las familias conversas más influyentes y letradas de la Castilla del siglo XV. Su abuelo, Salomón ha-Leví, había sido rabino mayor de Burgos antes de convertirse al cristianismo y llegar a ser obispo de la ciudad bajo el nombre de Pablo de Santa María, uno de los conversos de mayor rango eclesiástico de su generación. Su tío, Alonso de Cartagena, sucesor de su abuelo en la sede episcopal burgalesa, fue uno de los humanistas más respetados de la corte castellana, traductor de Cicerón y Séneca y autor de tratados teológicos tanto en latín como en castellano. Teresa creció, por tanto, en un ambiente familiar donde el acceso a los libros y a la argumentación teológica formal no era una excepción reservada a los hombres de la casa, sino el aire que se respiraba, algo muy poco frecuente para una mujer de la Castilla de su época, conversa además, en un momento en que la sospecha social sobre los linajes de origen judío se intensificaba en toda la península.

Veinte años de silencio antes de escribir sobre el silencio

De joven, Teresa ingresó como novicia en un convento de clarisas, la orden franciscana femenina, aunque más tarde se trasladó a un convento cisterciense; algunas de las fuentes académicas que han estudiado su biografía apuntan a que ese cambio de orden pudo estar relacionado con las reticencias que ciertos sectores eclesiásticos mostraban hacia las religiosas de origen converso, aunque no existe documentación directa que lo confirme con certeza. Fue en ese contexto monástico donde una enfermedad progresiva le arrebató por completo el oído. Ella misma fecha el proceso con precisión en el propio texto de Arboleda de los enfermos, donde escribe que habían pasado ya veinte años desde que ese "freno" —la palabra que ella misma elige— había comenzado a limitar lo que llama sus vanidades. La sordera total, en una época sin ningún tipo de apoyo ni comprensión médica de la discapacidad auditiva, la aisló casi por completo de la vida conventual y social que la rodeaba, una experiencia que describe como una niebla de tristeza humana y temporal. De esa niebla, y no a pesar de ella, nació su decisión de escribir.

Convertir la sordera en argumento teológico

Arboleda de los enfermos no es un texto de queja ni un relato autobiográfico convencional: es un tratado que reinterpreta la enfermedad y la pérdida de un sentido como una forma de disciplina espiritual, un instrumento que aparta a quien la sufre de las distracciones del mundo y la acerca a Dios. Teresa sostiene, apoyándose en los salmos, que su sordera le permite escuchar mejor con lo que llama el oído del alma, precisamente porque el oído del cuerpo ya no puede distraerla con el ruido exterior. Es una vuelta de tuerca notable: convierte lo que sus contemporáneos habrían leído como una desgracia o un castigo en una ventaja espiritual, y lo hace con un manejo del latín eclesiástico, de las citas bíblicas y de la argumentación teológica que, según coinciden los estudios académicos más recientes sobre su obra, no tiene nada que envidiar al de los tratadistas varones de su tiempo formados en las universidades, a las que ella, por supuesto, no tuvo ningún acceso.

El ángulo menos contado: la primera defensa escrita en castellano del derecho de una mujer a escribir

Aquí está la parte de la historia de Teresa de Cartagena que muy pocos artículos en español desarrollan con el detalle que merece. Cuando la calidad y la solidez teológica de Arboleda de los enfermos generaron entre algunos lectores la sospecha de que una autora no podía haber escrito ese texto sin ayuda masculina, Teresa no se limitó a defenderse en privado: escribió una segunda obra entera, Admiración de las obras de Dios, dedicada explícitamente a rebatir esa sospecha. En ella argumenta, en sustancia, que la inteligencia no es un patrimonio exclusivamente masculino, sino un don que Dios reparte sin distinción de sexo, y reivindica su propia capacidad intelectual apoyándose en ejemplos de mujeres sabias de la tradición bíblica y clásica. El resultado es un texto que se inscribe, con más de medio siglo de antelación sobre el nacimiento de Santa Teresa de Jesús —la mujer castellana que la posteridad sí ha convertido en referencia obligada de la escritura femenina en español—, dentro de lo que después se conocería como la querella de las mujeres, el debate intelectual europeo sobre la capacidad y el lugar de las mujeres en el conocimiento. Teresa de Cartagena no participaba en ese debate desde la teoría abstracta: lo hacía defendiendo, con nombre y apellido, la autoría de su propio libro.

Un redescubrimiento que sigue siendo casi solo académico

La obra de Teresa de Cartagena sobrevivió gracias a un puñado de manuscritos y ha sido objeto, en las últimas décadas, de un interés académico creciente: filólogas e historiadoras como María-Milagros Rivera Garretas han dedicado estudios específicos a su figura, y bases de datos especializadas en escritoras hispánicas antiguas, como Bieses, la incluyen como referencia obligada de la literatura conventual femenina del siglo XV. Sin embargo, esa recuperación ha quedado, hasta hace muy poco, casi enteramente confinada a revistas filológicas y tesis universitarias: solo recientemente ha empezado a aparecer, de forma todavía puntual, en medios de información general en español, lo que contrasta con la solidez y la singularidad de su caso dentro de la historia de la literatura medieval castellana. No existe una biografía divulgativa extensa sobre ella en español, ni una traducción moderna ampliamente disponible de sus dos obras fuera de ediciones críticas especializadas, un vacío llamativo para la que se considera, con los matices propios de cualquier atribución de "primera" en historia literaria, la primera escritora conocida en lengua castellana que defendió por escrito, con su propio nombre, la autoría de su obra frente a quienes se la negaban.

Por qué esta historia importa hoy

Nada en la biografía de Teresa de Cartagena permite reconstruir con precisión cómo era su vida cotidiana en el convento, ni siquiera las fechas exactas de su nacimiento o su muerte, que las fuentes disponibles no logran fijar con certeza. Lo que sí ha quedado, intacto, es el argumento que construyó hace más de cinco siglos y medio para defender algo que hoy damos por hecho sin pensarlo demasiado: que una mujer puede razonar, argumentar y escribir con la misma solidez que un hombre, y que dudar de ello en cuanto el resultado es demasiado bueno no es un juicio sobre el texto, sino sobre quién se supone que puede producirlo. Esa misma sospecha, formulada de maneras distintas, ha perseguido durante siglos a autoras, científicas y pensadoras posteriores. Teresa de Cartagena, sorda, conversa y monja en la Castilla del siglo XV, fue la primera de la que se tiene constancia escrita en castellano que decidió no callarse ante ella.

Compartir:
Artículos relacionados
👑
🎨 Arte y Pensamiento
La vecina de Haydn con la que Mozart tocaba a cuatro manos: Marianna Martines, la compositora vienesa de sangre española.
Nieta de un soldado español, alumna de Haydn desde niña y primera compositora admitida en la Academia de Bolonia. Mozart tocaba con ella a cuatro manos. Luego su música desapareció.
🎨 Arte y Pensamiento
Escribió al papa en cinco lenguas y un siglo después la firmaron como autora de un libro erótico: la falsificación que persiguió a Luisa Sigea
Escribió al papa en latín, griego, hebreo, siríaco y árabe. Un siglo después de su muerte, un abogado francés firmó con su nombre un libro erótico, y la mentira duró siglos.
🎨 Arte y Pensamiento
Escribió por obediencia en papeles de contabilidad y su primer libro se imprimió en Filadelfia: la Madre Castillo, la monja de Tunja que Colombia considera su primera escritora.
Escribió en sobres y libros de cuentas porque sus confesores se lo mandaban. Su autobiografía se imprimió en Filadelfia en 1817, 75 años después de su muerte en Tunja.