Todo lo que sabemos de la primera constructora de astrolabios de la historia cabe en una frase de un libro del siglo X
Mariam al-Ijliya trabajó fabricando el instrumento más sofisticado de la astronomía medieval en la corte de Alepo. Ni siquiera el nombre con el que hoy se la conoce aparece confirmado en ninguna fuente de su época.
Una frase, un libro del siglo X, y casi nada más
Todo lo que la historia sabe con certeza sobre la mujer que hoy se conoce como Mariam al-Ijliya cabe en una sola línea de un catálogo bibliográfico escrito en Bagdad hacia el año 987. Su autor, el librero y bibliógrafo Ibn al-Nadim, compiló en su Kitab al-Fihrist —un inventario monumental de todo lo que se había escrito y fabricado en el mundo islámico hasta su época— una lista de los principales constructores de astrolabios del siglo anterior. Entre los nombres de maestros varones aparece, sin previo aviso ni explicación adicional, una frase que ningún otro documento conocido hasta hoy ha logrado ampliar: "al-Ijlí al-Asturlabí, aprendiz de Nastulus; al-Ijlíyyah, su hija, discípula de Nastulus, que estuvo con Sayf al-Dawla". Esa frase, y solo esa frase, es el fundamento sobre el que se ha construido todo lo que hoy se cuenta sobre una mujer que fabricó, hace más de mil años, el instrumento científico más sofisticado de su tiempo.
El oficio que heredó de su padre, y el maestro que ambos compartieron
Lo que sí puede reconstruirse con relativa solidez, a partir de esa única frase y del contexto histórico en el que se inserta, es el árbol de formación técnica que llevó a esta mujer hasta la corte de Alepo. Su padre, conocido en las fuentes como al-Ijlí al-Asturlabí —un apellido profesional que significa, literalmente, "el fabricante de astrolabios"—, se había formado como aprendiz de Nastulus, un maestro de Bagdad al que las fuentes latinas medievales, que tradujeron parte de su obra, llamarían después Betulus. Nastulus estaba considerado uno de los constructores de instrumentos astronómicos más prestigiosos de su generación, y su taller bagdadí funcionaba, como era habitual en el oficio artesanal islámico de la época, como una escuela donde el conocimiento técnico se transmitía de maestro a aprendiz durante años de práctica supervisada. Según la única fuente disponible, la hija de al-Ijlí no aprendió el oficio exclusivamente de su padre, sino que fue ella misma, de forma explícita, alumna directa de Nastulus, el mismo maestro bagdadí que había formado a su padre. Es un detalle que merece subrayarse: Ibn al-Nadim no la describe como una simple heredera del taller familiar, sino como una artesana con formación propia y acreditada bajo el maestro de mayor prestigio de su campo.
La corte que reunió a los sabios del siglo X
El nombre que cierra la frase de Ibn al-Nadim —Sayf al-Dawla— no es un detalle menor. Sayf al-Dawla ibn Hamdan gobernó el emirato de Alepo entre 944 y 967, y convirtió su corte en uno de los centros culturales y científicos más brillantes del mundo islámico de su siglo: allí residió el poeta al-Mutanabbi, considerado por buena parte de la tradición literaria árabe el mayor poeta de su lengua, y allí murió, hacia 950, el filósofo al-Farabi, una de las figuras centrales en la transmisión del pensamiento aristotélico al mundo árabe. Que la fuente sitúe explícitamente a la constructora de astrolabios "con Sayf al-Dawla" implica que trabajó, casi con toda probabilidad, en o para esa misma corte, en un ambiente donde la fabricación de instrumentos científicos de precisión convivía con la poesía y la filosofía como parte de un mismo proyecto de prestigio cultural. No se conserva, sin embargo, ningún documento que precise en qué condiciones trabajaba, si recibía un salario formal, si tenía un taller propio o si operaba bajo la supervisión de su padre.
Qué era exactamente un astrolabio, y por qué fabricarlo exigía dominar varias ciencias a la vez
Entender por qué esta mención, por escueta que sea, resulta significativa exige entender qué era un astrolabio en el siglo X: probablemente el instrumento científico portátil más sofisticado que existía en el mundo antes de la invención del reloj mecánico. Fabricado en metal —normalmente latón—, combinaba varios discos grabados y móviles que permitían calcular la posición del sol y las estrellas en cualquier momento del año, determinar la hora exacta de día o de noche, calcular la latitud geográfica, orientar la dirección de La Meca para la oración y fijar los horarios de los cinco rezos diarios islámicos, que dependen de la posición solar y varían cada jornada. Construir uno no era un trabajo artesanal cualquiera: exigía dominar simultáneamente la metalurgia de precisión, la geometría esférica necesaria para proyectar un cielo tridimensional sobre un disco plano, y la astronomía observacional para calibrar cada grabado con exactitud. Los historiadores de la ciencia describen a menudo el astrolabio como el ordenador analógico del mundo medieval, y su fabricación estaba reservada a un número reducido de artesanos altamente especializados en cada gran ciudad del mundo islámico.
El ángulo menos contado: un nombre que nadie de su época escribió jamás
Aquí está la parte de esta historia que la mayoría de los artículos divulgativos que circulan hoy en inglés sobre esta artesana omiten, y que ningún artículo en español parece haber señalado todavía: el nombre "Mariam", que aparece sistemáticamente en su biografía popular desde hace algunos años, no figura en ninguna fuente medieval conocida. Ibn al-Nadim, la única autoridad que documenta su existencia, no le atribuye ningún nombre propio: se refiere a ella únicamente como "al-Ijlíyyah", es decir, "la hija de al-Ijlí", un patronímico que identifica su parentesco y su oficio, no su nombre de pila. La denominación "Mariam al-Asturlabiyya", que hoy encabeza artículos, exposiciones y hasta el nombre de un asteroide, parece ser una construcción posterior, sin respaldo documental confirmado en las fuentes árabes originales del siglo X. Esto no significa que la mujer no existiera —la mención de Ibn al-Nadim es lo bastante específica, con nombre de maestro, de padre y de patrón, como para descartar una invención—, sino que ni siquiera el detalle más básico de su identidad, su propio nombre, puede darse por establecido con la misma seguridad con la que se repite en la mayoría de los resúmenes disponibles sobre ella.
Ni una sola pieza firmada ha llegado hasta hoy
La incertidumbre no termina en el nombre. A diferencia de otros astrolabios islámicos de los siglos IX y X que sí han sobrevivido —el más antiguo conservado, firmado precisamente por Nastulus, su maestro, data del año 927 y se conserva hoy en el Museo Nacional de Kuwait—, ningún instrumento firmado por al-Ijlíyyah ni por su padre ha llegado hasta la actualidad, según la documentación disponible sobre colecciones de instrumentación islámica medieval. Es un vacío que contrasta con la relativa abundancia de astrolabios de otros talleres de la misma época que sí se conservan en museos de Kuwait, Doha, Oxford y Nueva York, y que deja a los historiadores sin la posibilidad de comparar directamente su técnica con la de sus contemporáneos, o de verificar de forma material la afirmación —repetida en varias fuentes divulgativas recientes, aunque sin cita de respaldo documental primario— de que no se limitó a copiar los diseños de su maestro, sino que introdujo mejoras propias en ellos.
De una línea de un catálogo bagdadí a un asteroide del cinturón principal
El reconocimiento moderno de esta artesana ha llegado, como en tantos otros casos de esta serie, muchos siglos después y por vías que ella misma no podría haber imaginado. En 1990, la Unión Astronómica Internacional aprobó el nombre Al-Ijliya para el asteroide 7060, descubierto años antes en el cinturón principal del sistema solar, un gesto simbólico que vincula, en la nomenclatura astronómica contemporánea, el nombre de una constructora de instrumentos para observar el cielo con un objeto real de ese mismo cielo. Su figura ha empezado también a aparecer en contextos de cultura popular alejados de la historia de la ciencia: la escritora Nnedi Okorafor la menciona en su serie de ciencia ficción Binti, y una versión de su historia ha sido referenciada en producciones audiovisuales recientes ambientadas en la Edad Media, señal de que el hueco documental sobre su vida no ha impedido que su figura circule, aunque sea de forma fragmentaria, fuera de los círculos académicos especializados en historia de la ciencia islámica.
Por qué esta historia importa hoy
Ninguna otra mujer aparece documentada como constructora de astrolabios en las fuentes bibliográficas del mundo islámico medieval que han llegado hasta hoy, lo que convierte a la hija de al-Ijlí en, hasta donde alcanza la investigación actual, el único caso conocido de una mujer ejerciendo ese oficio de precisión en los primeros siglos del islam. Que ese hallazgo dependa por completo de una sola frase, escrita de pasada por un bibliógrafo que catalogaba maestros varones y que solo mencionó a la hija de uno de ellos como una nota casi incidental, dice menos sobre la rareza real de su trabajo que sobre lo poco que los catálogos de la época se molestaban en registrar sobre las mujeres que sí ejercían oficios técnicos. Mil años después de que trabajara, probablemente, en algún taller de la Alepo de Sayf al-Dawla, calibrando discos de latón para medir la posición de las estrellas, ni siquiera puede afirmarse con certeza documental cómo se llamaba realmente. Es, quizá, el resumen más honesto posible de cuánto —y cuán poco— ha sobrevivido de su historia.