Tomó el cañón de un artillero moribundo, y el Ejército la convirtió en oficial en activo: la historia real de Agustina de Aragón
El 2 de julio de 1808 disparó un cañón de 24 libras en el sitio de Zaragoza y se convirtió, semanas después, en una de las pocas mujeres con grado militar efectivo de la historia de España.
Un cañón, un artillero moribundo, y una decisión tomada en segundos
El 2 de julio de 1808, en la puerta del Portillo de Zaragoza, una columna francesa avanzaba sobre una batería española que acababa de quedarse sin nadie que la sirviera: los artilleros habían muerto o huido bajo el fuego enemigo. Según recogen las crónicas del sitio, una mujer de veintidós años tomó entonces el botafuego de manos de un artillero agonizante y disparó un cañón de 24 libras cargado con metralla a bocajarro contra la columna francesa, deteniendo el avance en ese punto concreto de la muralla. Se llamaba Agustina Raimunda María Saragossa Doménech, conocida por la posteridad como Agustina de Aragón, y aquel gesto de unos pocos segundos definiría el resto de su vida y, con el tiempo, se convertiría en una de las imágenes más reproducidas de toda la Guerra de la Independencia española.
Una catalana en la Zaragoza sitiada
Agustina había nacido en Fulleda, en la provincia de Lleida, el 4 de marzo de 1786 —su partida de bautismo se conserva en Reus—, y en 1803 se había casado con Juan Roca Vilaseca, un militar con el que se instaló en Zaragoza. Poco se sabe con precisión documental sobre sus primeros veintidós años de vida; lo que sí está establecido es que, cuando las tropas napoleónicas cercaron la ciudad en el verano de 1808, Agustina se encontraba entre la población civil que colaboraba llevando víveres y municiones a las baterías defensivas, una tarea habitual entre las mujeres de la ciudad sitiada y que la situó, providencialmente o no, junto a aquel cañón del Portillo en el momento exacto en que se quedó sin servidores.
Lo que la leyenda añadió, y lo que las fuentes no confirman
El episodio del cañón está considerado, incluso por los historiadores más exigentes, un hecho real y extraordinario. Lo que resulta más discutible es el envoltorio narrativo con el que se difundió casi de inmediato. Algunas versiones de la época y buena parte de la tradición popular posterior sostuvieron que el artillero moribundo cuyo puesto ocupó era su prometido o su pareja, un detalle romántico que convertía el gesto militar en un acto también sentimental. Las fuentes que han revisado el episodio con mayor rigor documental, sin embargo, no confirman ese vínculo: se limitan a describir a un artillero agonizante, sin identificarlo como allegado suyo. El propio general Palafox, al mando de la defensa de Zaragoza, tuvo un papel directo en la propagación de la versión más embellecida de los hechos, consciente del valor que una historia así tenía para sostener la moral de una ciudad sometida a un asedio brutal. No se trató, como en otros episodios similares de esta misma guerra, de un mito construido generaciones después por escritores románticos, sino de una narrativa amplificada en caliente, por el propio mando militar, mientras el asedio todavía estaba en curso.
El ángulo menos contado: una rareza absoluta en el Ejército español
Lo que la mayoría de los resúmenes sobre Agustina de Aragón dejan en segundo plano es lo que ocurrió después del cañonazo, y que resulta, en varios sentidos, más singular que el propio episodio. Palafox la condecoró en el mismo campo de batalla, le concedió el título honorífico de «artillera» con un sueldo de seis reales diarios, y poco después la nombró subteniente de infantería, una decisión que distintas fuentes describen expresamente como una rareza absoluta dentro del Ejército español de la época. En 1809, ya bajo el reinado de Fernando VII, obtuvo el grado de alférez, y con el tiempo llegó a ser reconocida como capitana, con la condición formal de oficial del Ejército vivo y efectivo, es decir, no un título simbólico u honorífico, sino una comisión militar real y activa, algo prácticamente inaudito para una mujer en la España de comienzos del siglo XIX. Ese estatus no fue decorativo: participó en la segunda defensa de Zaragoza entre 1808 y 1809, en los sitios de Tortosa y Tarragona en 1811, y en la batalla de Vitoria en 1813 a las órdenes del general Wellington, quien, según recogen algunas fuentes, llegó a concederle una condecoración británica por su actuación. El 5 de septiembre de 1814 el Estado español le reconoció además una pensión vitalicia de cien reales mensuales por los servicios prestados durante toda la contienda.
Dos matrimonios, una hija, y una vida civil poco documentada
Su primer marido, Juan Roca Vilaseca, murió en Barcelona en 1823. En marzo de 1824 volvió a casarse, esta vez con Juan Cobos Mesperuza, médico de profesión, con quien tuvo una hija, Carlota. A diferencia de los años del asedio, minuciosamente documentados por partes militares y crónicas contemporáneas, la segunda mitad de su vida apenas dejó rastro escrito: ni ella ni sus biógrafos posteriores documentaron con el mismo detalle sus décadas como esposa, madre y, finalmente, viuda de guerra pensionada, una asimetría documental que se repite en la biografía de otras muchas combatientes de su generación, cuya vida solo interesó a los cronistas mientras duró el fragor de la batalla.
Goya la retrató en vida; ella murió lejos de Aragón, casi en silencio
Mientras Agustina de Aragón todavía vivía, Francisco de Goya incluyó una escena inspirada directamente en su hazaña en la serie de grabados Los desastres de la guerra, bajo el título ¡Qué valor!, hoy conservada en el Museo del Prado. Pocas españolas de su tiempo alcanzaron el privilegio, o la carga, de convertirse en icono artístico antes incluso de haber muerto. El contraste con el final de su vida resulta llamativo: falleció el 29 de mayo de 1857 en Ceuta, a los setenta y un años, por una afección pulmonar, lejos del escenario aragonés que la había hecho famosa medio siglo antes. Fue enterrada inicialmente en el cementerio de Santa Catalina de Ceuta, y sus restos no regresaron a Zaragoza hasta 1870, trece años después de su muerte, para descansar finalmente en la parroquia de Nuestra Señora del Portillo, a apenas unos metros de la puerta donde había disparado aquel cañón sesenta y dos años antes.
Por qué esta historia importa hoy
Agustina de Aragón ocupa un lugar poco habitual entre las heroínas de la historia española: a diferencia de otros casos en los que la leyenda tuvo que inventar o exagerar un episodio casi por completo, aquí el núcleo del hecho —una mujer que toma un cañón bajo fuego enemigo y detiene, siquiera momentáneamente, el avance de un ejército— está documentado y aceptado incluso por la historiografía más exigente. Lo que la leyenda hizo no fue crear el episodio, sino adornarlo con un motivo romántico que lo hacía más fácil de contar y de vender como propaganda de guerra en tiempo real, y ese adorno terminó, con el paso de las décadas, eclipsando el dato objetivamente más extraordinario de toda su biografía: que el Ejército español le concediera, en plena guerra, un grado militar activo y efectivo que prácticamente ninguna otra mujer de su época llegó a ostentar. Que hoy se la recuerde sobre todo por el cañonazo, y casi nunca por los cinco años de carrera militar formal que vinieron después, dice bastante sobre qué parte de una biografía de guerra preferimos convertir en símbolo, y cuál preferimos dejar en la letra pequeña de los archivos.