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¿Torció esta mujer la sucesión del shogunato Tokugawa, o es una leyenda que ayudó a construir ella misma?

Kasuga no Tsubone, hija de un samurái ejecutado por traición, se convirtió en aya del futuro shōgun Iemitsu y, después, en la mujer más poderosa del Japón Tokugawa. Organizó el Ōoku, obtuvo rango de la corte imperial pese a nacer plebeya.

✍️ Montse 📅 07 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 7 visitas
¿Torció esta mujer la sucesión del shogunato Tokugawa, o es una leyenda que ayudó a construir ella misma?

Una mujer sin rango alguno logró una audiencia con el emperador. Menos de un año después, él abdicaba

En 1629, una mujer de origen samurái sin ningún rango en la corte imperial japonesa consiguió, contra todo protocolo, ser recibida en audiencia por el emperador Go-Mizunoo en Kioto. Para lograrlo tuvo que conseguir primero una adopción de conveniencia en la aristocrática familia Sanjōnishi, el único modo de disimular un origen guerrero que la descalificaba automáticamente para pisar la corte. Según la tradición, ella y la propia esposa del shōgun, Tokugawa Masako, se presentaron ante el emperador vestidas como plebeyas, una transgresión protocolaria que distintas fuentes señalan como uno de los factores —no el único, y aquí las versiones vuelven a discrepar— que llevaron a Go-Mizunoo a abdicar apenas meses después, en 1629, en medio de una crisis paralela conocida como el "incidente del hábito púrpura". La mujer obtuvo lo que había ido a buscar: el rango cortesano de tercera clase junior y un nombre nuevo con el que la historia la recordaría desde entonces, Kasuga no Tsubone. Nunca había sido, hasta ese momento, más que la niñera de un niño.

Hija de un traidor ejecutado, superviviente de una purga política

Antes de llamarse Kasuga no Tsubone, esta mujer se llamaba Saitō Fuku, y su infancia estuvo marcada por uno de los episodios más sangrientos de la historia japonesa del siglo XVI. Su padre, Saitō Toshimitsu, era vasallo de Akechi Mitsuhide, el señor feudal que en 1582 traicionó y forzó al suicidio a su propio señor, Oda Nobunaga, en el incidente conocido como Honnō-ji. La venganza no tardó: apenas días después, Toyotomi Hideyoshi derrotó a Mitsuhide en la batalla de Yamazaki, y Saitō Toshimitsu fue ejecutado como cómplice de la conjura. Fuku, hija de un hombre ajusticiado por alta traición, quedó entonces, según las fuentes que han reconstruido su biografía, en una situación de práctico desamparo, llevando durante años lo que se describe como una vida errante y llena de privaciones, muy alejada de cualquier posición de poder.

De niñera de un niño no favorito a artífice de su ascenso al poder

El giro llegó en 1604, cuando Fuku fue seleccionada como aya del recién nacido Takechiyo, primer hijo varón de Tokugawa Hidetada, segundo shōgun del clan Tokugawa. La eligieron, según las crónicas, por su cultura, su experiencia de la vida en Kioto y una tenacidad de carácter que pocas otras candidatas podían igualar. El problema era que Hidetada y su esposa preferían abiertamente a su segundo hijo varón, Kunimatsu —el futuro Tokugawa Tadanaga—, más sano y de trato más fácil que el pequeño Takechiyo, y durante años pareció que sería Kunimatsu quien heredaría el shogunato pese a no ser el primogénito. La disputa no era un simple capricho familiar: el shogunato Tokugawa se había fundado apenas dos décadas antes sobre la promesa de una continuidad ordenada, después de más de un siglo de guerras civiles alimentadas, en buena medida, por sucesiones disputadas entre hermanos y sobrinos de distintos clanes samurái. Que el fundador de la dinastía, Ieyasu, terminara imponiendo el principio de primogenitura frente a la preferencia personal de su propio hijo Hidetada no fue solo una decisión doméstica, sino la fijación de una norma sucesoria que blindaría al clan Tokugawa frente al tipo de guerra civil que había destruido a tantos linajes rivales antes que ellos. Aquí es donde la biografía de esta mujer se bifurca en dos versiones que las propias fuentes especializadas en inglés no logran conciliar: la tradición sostiene que, hacia 1615, Fuku viajó en secreto hasta Suruga para suplicar directamente al shōgun retirado Tokugawa Ieyasu, abuelo de ambos niños, que respetara el derecho de primogenitura de Takechiyo frente a los deseos de sus propios padres, y que Ieyasu, convencido por ella, impuso esa decisión sobre el resto del clan. Una investigación divulgada por Nippon.com, sin embargo, señala que ese episodio "se considera hoy, con probabilidad, una fabricación posterior", construida quizá para justificar a posteriori el poder que ella misma acabaría acumulando. Ninguna de las dos versiones puede darse por definitivamente zanjada con las fuentes disponibles en español o en inglés: lo único indiscutido es que Takechiyo terminó siendo proclamado heredero y que, coincidiera o no con una intervención real de su aya, ella fue una de las grandes beneficiarias políticas de esa decisión durante las cuatro décadas siguientes.

El ángulo menos contado: la mujer que inventó el Ōoku tal como se conocería durante los siguientes 250 años

Lo que sí está solidamente documentado es lo que Kasuga no Tsubone hizo después de que Takechiyo, ya como el shōgun Tokugawa Iemitsu, ocupara el poder en 1623. En 1618 ya había impulsado, bajo el nombre oficial de Hidetada, un primer reglamento para el Ōoku, las dependencias femeninas del castillo de Edo: toque de queda, prohibición de acceso a hombres ajenos al servicio y control de permisos de entrada. Tras su ennoblecimiento en 1629 fue nombrada Jōrō Otoshiyori, la más alta funcionaria del Ōoku, un cargo que le daba potestad exclusiva para decidir sobre todos los asuntos internos de esa institución, una autoridad que los historiadores especializados en el periodo Edo describen como superior, en ese terreno concreto, a la del propio Consejo de Ancianos que gobernaba el resto del shogunato. El escalafón que diseñó para administrar el Ōoku —con ella misma en la cúpula, un cuerpo intermedio de damas de compañía y un grupo de inspectoras encargadas de vigilar el cumplimiento de las normas de acceso y conducta— sobrevivió, con reajustes puntuales, hasta el ocaso del shogunato en el siglo XIX, y llegó a regir la vida de más de mil mujeres residentes en las dependencias del castillo de Edo en los momentos de mayor tamaño de la institución. Llegó a acumular, según las mismas fuentes, una fortuna equivalente a más de cien mil koku de arroz, la unidad con la que se medía entonces la riqueza y el rango de los señores feudales japoneses: una cifra propia de un daimio de rango medio, obtenida por una mujer que había nacido hija de un ejecutado por traición.

Esa autoridad no se limitó a la administración interna. Iemitsu, según recogen distintos historiadores del periodo, mostraba escaso interés personal por las mujeres, lo que representaba un problema de Estado en un shogunato hereditario que necesitaba herederos varones. Kasuga no Tsubone asumió personalmente la tarea de seleccionar e introducir en el Ōoku a varias de las concubinas que terminarían dándole descendencia, entre ellas Oraku y Otama, en una intervención directa sobre la vida privada del shōgun que ningún otro cargo del gobierno Tokugawa, ni siquiera los consejeros varones de mayor rango, se habría permitido llevar a cabo sin su autorización expresa.

Por qué esta historia importa hoy

Kasuga no Tsubone murió en octubre de 1643, a los sesenta y cuatro años, tras negarse a tomar medicinas mientras rezaba por la recuperación de Iemitsu de un brote de viruela; según la tradición, su último poema hablaba de escapar por fin de la "casa en llamas" budista con la luna que se pone en el oeste. En Japón, su figura nunca ha dejado de circular: ha protagonizado dramas históricos de la cadena pública NHK y hoy es personaje jugable en Fate, una de las franquicias de videojuegos y animación más seguidas del mundo, señales ambas de una demanda cultural que se ha mantenido viva durante siglos. En español, sin embargo, ese interés no ha cruzado todavía ni una sola vez a un artículo periodístico o divulgativo. El sistema que ella diseñó para gobernar el Ōoku sobrevivió, con ajustes menores, hasta la caída del shogunato en 1868, casi dos siglos y medio después de su muerte: pocas funcionarias de cualquier época, en cualquier país, pueden decir que una institución que crearon desde cero les sobrevivió tanto tiempo. Que su nombre siga siendo, en el mundo hispanohablante, apenas una nota a pie de página sobre el shogunato Tokugawa dice menos sobre la relevancia real de lo que hizo que sobre lo poco que hemos mirado, hasta ahora, más allá de los nombres masculinos de esa misma dinastía.

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