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Trabajó con un futuro Nobel y visitó el laboratorio de Lise Meitner. En 1941 España no le dio una cátedra

Piedad de la Cierva se formó junto a George von Hevesy y en el entorno de Lise Meitner, la física a la que el Nobel dejó fuera del descubrimiento de la fisión nuclear. De vuelta en España, una oposición de 1941 la apartó de la universidad.

✍️ Montse 📅 24 de August de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 10 visitas
Trabajó con un futuro Nobel y visitó el laboratorio de Lise Meitner. En 1941 España no le dio una cátedra

Calculó la distancia entre átomos en un cristal de sal, y años después nadie quiso darle una cátedra

Piedad de la Cierva recordaría décadas más tarde, ya al final de su vida, la sorpresa que sintió la primera vez que un cálculo propio le reveló algo que ningún libro le había enseñado todavía: "Recuerdo mi gran sorpresa cuando comprobé que era capaz de calcular la distancia entre los átomos de cloro y sodio de un cristal de sal". Tenía entonces poco más de veinte años y trabajaba en uno de los pocos laboratorios de física españoles que, en plena década de 1930, podían presumir de estar a la altura de los grandes centros europeos. Ese mismo talento la llevó, apenas unos años después, a trabajar junto a un futuro premio Nobel en Copenhague y a visitar el laboratorio berlinés de la mujer que formularía la explicación teórica de la fisión nuclear. Y ese mismo talento no bastó, en 1941, para que España le concediera una cátedra universitaria: aquel año, de las plazas de Físicoquímica que salieron a concurso, solo las ocuparon hombres.

La única mujer de su universidad, y una de las pocas de toda España

Nació en Murcia el 1 de junio de 1913, hija de una familia con tradición científica: era sobrina nieta de Juan de la Cierva y Peñafiel, el apellido que comparte con el célebre inventor del autogiro, y creció en un entorno donde el interés por la ciencia se daba por descontado, algo excepcional para una niña en la España de los años veinte. El 2 de octubre de 1928 se matriculó en la Universidad de Murcia como, según recogen las fuentes disponibles sobre su etapa universitaria, la única mujer presente en aquellas aulas. Un año después se trasladó a Valencia para completar la carrera, y en 1932 se licenció en Ciencias con Premio Extraordinario, formando parte de un seis por ciento de alumnado femenino sobre el total de estudiantes universitarios en toda España, un porcentaje que da la medida exacta de cuán insólita resultaba su presencia en cualquier facultad de ciencias del país.

De Copenhague al laboratorio de la mujer a la que el Nobel dejó fuera

Hizo el doctorado en el Instituto Rockefeller de Madrid bajo la dirección de Julio Palacios, uno de los físicos españoles de mayor prestigio internacional en ese momento, y completó su tesis en 1935. Ese mismo año obtuvo una beca para trabajar en el Instituto de Física Teórica de Copenhague bajo la dirección de George von Hevesy, el químico húngaro que recibiría el premio Nobel de Química en 1943 por su trabajo con isótopos radiactivos como trazadores biológicos. Allí, De la Cierva investigó la transmutación del aluminio y los isótopos de bromo, un trabajo que se tradujo en varios artículos publicados en los Anales de la Sociedad Española de Física y Química. Durante esos mismos años de formación europea, según recoge parte de la documentación disponible sobre su etapa danesa, visitó también el laboratorio berlinés de Lise Meitner, la física austriaca que en 1938 formularía, junto a Otto Frisch, la explicación teórica de la fisión nuclear, y a la que el comité del Nobel dejaría fuera del premio de Química de 1944 que sí recibió su colaborador Otto Hahn, uno de los episodios más citados del llamado efecto Matilda en la historia de la ciencia del siglo XX. Que una física española de veintipocos años pasara por el entorno de dos figuras de ese calibre en la Europa de mediados de los años treinta da una idea de hasta dónde había llegado, en muy pocos años, su carrera.

La Guerra Civil interrumpe una carrera que apuntaba a la radiación artificial

El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 truncó los planes que De la Cierva tenía de dirigir en España investigaciones propias sobre radiación artificial, un campo en plena efervescencia internacional tras el descubrimiento de la radiactividad artificial por Irène y Frédéric Joliot-Curie en 1934. De vuelta en España tras el conflicto, se incorporó al recién creado Instituto de Óptica, a propuesta del físico José María Otero Navascués, una institución que con el tiempo se convertiría en el Instituto de Óptica "Daza de Valdés" del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Trabajó también como única mujer en la Sección de Rayos X del Instituto Nacional de Física y Química, de nuevo bajo la dirección de Julio Palacios, y fue nombrada auxiliar de la cátedra de Estructura atómico-molecular y Espectroscopia en la Universidad Complutense.

1941: dos plazas, y ninguna para las mujeres que se presentaron

En 1941 se presentó, junto a otra candidata, Teresa Salazar, y varios opositores varones, a las oposiciones de cátedra de Físicoquímica convocadas para las universidades de Sevilla, Murcia y Madrid. Solo dos de los opositores, ambos hombres, obtuvieron plaza. No existe, en la documentación disponible sobre aquel proceso, ninguna prueba directa de que la decisión respondiera a un criterio distinto al que se aplicaba entonces a cualquier oposición universitaria en la España de la posguerra; tampoco existe, sin embargo, ningún registro de que ninguna mujer lograra una cátedra de ciencias en España hasta 1953, doce años después de aquel concurso, un dato que por sí solo ayuda a explicar por qué De la Cierva, según reconocen las fuentes biográficas disponibles sobre ella, vivió aquel resultado como una decepción que la llevó a replantearse su futuro dentro de la universidad española.

El ángulo menos contado: de la física nuclear al vidrio óptico para submarinos

Es aquí donde su biografía toma un giro que casi ningún resumen divulgativo en español desarrolla con detalle: apartada del circuito universitario, redirigió su carrera hacia la investigación aplicada al servicio de la Marina española. En 1945 fue contratada como personal técnico civil de la Armada por el Laboratorio y Taller de Investigación del Estado Mayor de la Armada, donde se dedicó a industrializar la fabricación de vidrio óptico en España, un material estratégico del que el país dependía casi por completo de la importación. Viajó a Estados Unidos para formarse en el National Bureau of Standards, en la Facultad de Ingeniería del Vidrio de la Universidad de Toledo y en la empresa Libbey-Owens, y en 1954 logró fabricar el primer ensayo de vidrio óptico producido en España, un hito que le valió el primer Premio de Investigación Técnica "Juan de la Cierva" en 1955. También desarrolló lentes antirreflectantes para visión nocturna destinadas a la Armada, que le reportaron un reconocimiento de la Academia de Ciencias en 1946, e investigó la fabricación de ladrillos refractarios a partir de cascarilla de arroz para las calderas de los barcos, un proyecto por el que recibiría de nuevo el premio "Juan de la Cierva" en 1966.

De la física teórica a un problema de ingeniería industrial, sin dejar nunca la investigación

Ese tránsito, de la física de partículas y la radiactividad que había estudiado junto a Hevesy y en el entorno de Meitner hacia la ingeniería aplicada del vidrio óptico y los materiales refractarios navales, no fue un paso atrás en su carrera científica, sino una reinvención casi completa impuesta por las circunstancias: una universidad que no le abrió una cátedra la empujó, sin proponérselo, hacia un terreno de investigación aplicada donde España sí necesitaba con urgencia expertos capaces de resolver problemas industriales concretos, y donde De la Cierva encontró, a lo largo de más de veinte años, un espacio profesional que la universidad le había negado.

Por qué esta historia importa hoy

Piedad de la Cierva murió en Madrid el 31 de diciembre de 2007, a los noventa y cuatro años, tras una carrera científica que abarcó más de siete décadas y que la llevó de los laboratorios de dos de las figuras más influyentes de la física nuclear del siglo XX hasta la fabricación industrial de vidrio óptico para la Marina española. Su historia no es la de una científica a la que un colega concreto le arrebatara un descubrimiento puntual, como ocurrió con otras protagonistas del efecto Matilda; es la de una carrera entera redirigida por un sistema universitario que, en 1941, prefirió otorgar sus escasas cátedras disponibles a candidatos varones antes que reconocer el mismo mérito a las mujeres que se habían presentado junto a ellos. Que tuvieran que pasar doce años más antes de que una mujer lograra una cátedra de ciencias en España dice, mejor que cualquier otro dato de esta historia, cuánto tardó el sistema en alcanzar a la ciencia que ella ya practicaba desde los años treinta.

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