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Urraca I de León: la primera reina que gobernó España por derecho propio, atrapada entre dos crónicas hostiles

Gobernó León, Castilla y Galicia por herencia directa desde 1109, casi cuatro siglos antes de Isabel la Católica. Dos crónicas escritas por hombres de su propio entorno —un rival eclesiástico y el círculo de su propio hijo— construyeron el relato hostil.

✍️ Montse 📅 23 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 32 visitas
Urraca I de León: la primera reina que gobernó España por derecho propio, atrapada entre dos crónicas hostiles

Dos crónicas, escritas por hombres cercanos a ella, que casi la borran de su propio reinado

Cuando Urraca I de León murió en 1126, tras diecisiete años como reina propietaria —no consorte, no regente: titular por derecho hereditario— de los reinos de León, Castilla y Galicia, dos textos se disputaban ya el relato de lo que había sido su gobierno, y ninguno de los dos se lo ponía fácil. La Historia Compostelana, redactada por el entorno del obispo Diego Gelmírez, uno de sus rivales políticos más persistentes, la retrataba como una gobernante caprichosa y de vida sexual escandalosa, insinuando que su relación con el noble Pedro González de Lara —de quien tuvo dos hijos fuera de matrimonio— la descalificaba para el trono. La Chronica Adefonsi Imperatoris, escrita años más tarde para glorificar a su propio hijo, Alfonso VII, trataba su reinado como poco más que un preámbulo caótico antes de la verdadera grandeza que llegaría con él. Entre esas dos versiones, escritas por hombres con intereses opuestos pero igualmente interesados en restarle protagonismo, la reina que gobernó casi cuatro siglos antes de que Isabel la Católica llegara al trono ha tardado hasta hoy en recuperar un relato propio.

Heredera por partida doble, casada dos veces por razones de Estado

Urraca nació hacia 1079, hija primogénita de Alfonso VI de León y Castilla y de su primera esposa, Constanza de Borgoña. A la muerte de su hermanastro Sancho, único hijo varón de Alfonso VI —caído en 1108 en la batalla de Uclés luchando contra los almorávides—, Urraca se convirtió en la heredera directa del trono, algo que ningún otro reino cristiano de la península había conocido hasta entonces con una mujer como titular efectiva de la corona, y no solo como consorte o regente temporal. Antes de esa sucesión, su padre ya la había casado en 1090 con Raimundo de Borgoña, con quien tuvo a su hijo Alfonso, futuro Alfonso VII; viuda desde 1107, Alfonso VI concertó para ella un segundo matrimonio, en 1109, con Alfonso I de Aragón, apodado "el Batallador", con el objetivo de unir los dos grandes reinos cristianos de la península frente a la presión musulmana. El matrimonio resultó, casi desde el primer momento, un desastre político y personal.

Una guerra civil disfrazada de matrimonio

La unión entre Urraca y Alfonso el Batallador violaba las normas de consanguinidad de la Iglesia —ambos eran primos segundos—, y el papado decretó su nulidad pocos años después de celebrarse. Alfonso el Batallador, sin embargo, se negó a aceptar la anulación y utilizó el matrimonio, ya disuelto canónicamente, como pretexto para mantener el control militar sobre buena parte de Castilla, desencadenando una guerra civil que enfrentó a los ejércitos aragoneses con la nobleza leonesa y castellana leal a Urraca durante varios años. La reina tuvo que gobernar, literalmente, luchando: recuperó Burgos y otras plazas ocupadas por su exmarido, negoció alianzas cambiantes con la nobleza gallega y castellana, y sostuvo al mismo tiempo un pulso constante con el obispo Diego Gelmírez de Santiago de Compostela, que aspiraba a ampliar el poder eclesiástico y territorial de su sede a costa de la autoridad real. La propia Compostela llegó a sufrir un motín popular en 1117 en el que Urraca estuvo a punto de ser capturada por sus propios súbditos gallegos, azuzados por las tensiones entre la corona y el poder episcopal; escapó, según recogen las crónicas, disfrazada, uno de los episodios que mejor ilustra hasta qué punto su reinado se sostuvo, año tras año, sobre un equilibrio de fuerzas que ningún otro monarca leonés o castellano de la época tuvo que negociar con tanta frecuencia.

La acusación que más se repite, y la que menos se puede verificar

Es precisamente en el terreno de su vida privada donde las fuentes contemporáneas se muestran más hostiles y, al mismo tiempo, menos fiables. La Historia Compostelana dedica varios pasajes a insinuar un comportamiento sexual desordenado en Urraca, en particular en relación con su vínculo con Pedro González de Lara, un noble castellano con el que mantuvo una relación estable durante buena parte de su reinado y con quien tuvo dos hijos. Los historiadores actuales que han revisado esas crónicas señalan que acusar de lujuria a una gobernante era, en la política eclesiástica y nobiliaria del siglo XII, una de las formas más eficaces de deslegitimar su autoridad sin necesidad de cuestionar directamente su derecho hereditario al trono, una estrategia retórica que no se aplicaba con el mismo rigor a los gobernantes varones de la época, cuyas relaciones extramatrimoniales rara vez merecían el mismo nivel de escrutinio cronístico.

El ángulo menos contado: la reina que ninguna de las dos crónicas necesitaba recordar como protagonista

Aquí está la parte de la historia de Urraca que la mayoría de los resúmenes divulgativos, centrados en su matrimonio fallido o en las acusaciones de escándalo sexual, no llegan a desarrollar del todo. Las dos fuentes cronísticas más influyentes sobre su reinado tenían, cada una por motivos distintos, interés en minimizar su papel: la Historia Compostelana la necesitaba como antagonista moralmente cuestionable para justificar la creciente autonomía de la sede de Santiago frente a la corona, mientras que la Chronica Adefonsi Imperatoris, escrita para consolidar la legitimidad y la grandeza de Alfonso VII, necesitaba presentar el reinado de su madre como un periodo de desorden que el hijo había venido a corregir y superar. Ninguna de las dos crónicas tenía, en el fondo, ningún incentivo narrativo para reconocer que Urraca había sostenido, durante diecisiete años de guerra casi constante, la integridad de un reino que su propio padre le había dejado fragmentado por un matrimonio impuesto y una nobleza dispuesta a aprovechar cualquier señal de debilidad. Los historiadores que han revisado su reinado con perspectiva de género coinciden en que buena parte de la imagen tradicional de Urraca como gobernante débil o desordenada procede, en última instancia, no de sus decisiones políticas, sino de la conveniencia narrativa de quienes escribieron sobre ella con otros objetivos en mente.

Una muerte prematura, y una corona que pasó a su hijo sin disputa

Urraca murió el 8 de marzo de 1126, probablemente a consecuencia de un parto, dejando el trono a su hijo Alfonso VII sin que se produjera la crisis sucesoria que muchos de sus contemporáneos habían anticipado durante años de guerra civil. Su reinado, pese a las circunstancias adversas en que se desarrolló casi por completo, logró preservar la unidad de los territorios que había heredado y sentó las bases sobre las que su hijo construiría, años después, su propia coronación como "emperador de toda España" en 1135, un título que la propia Urraca ya había utilizado ocasionalmente en documentos oficiales como "reina de toda Hispania" mucho antes de que su hijo lo reclamara para sí en solitario.

Por qué esta historia importa hoy

En 2026 se cumplen novecientos años de la muerte de Urraca I, una efeméride que ha impulsado en España nuevas ediciones académicas y divulgativas sobre su reinado, casi nueve siglos después de que dos crónicas escritas por hombres de su entorno decidieran, cada una a su manera, que no merecía ser recordada como protagonista de su propia historia. Que España tardara casi trescientos cincuenta años más en tener otra reina que gobernara por derecho propio —Isabel la Católica, coronada en 1474— no debería llevar a pensar que Urraca fue una anomalía sin continuidad, sino más bien a preguntarse cuántas otras gobernantes similares desaparecieron de la memoria histórica precisamente por la misma razón que a ella estuvo a punto de sucederle: porque nadie con la pluma en la mano tenía verdadero interés en que se la recordara bien.

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