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Veinte patentes alemanas demuestran que la silla Barcelona no la diseñó solo Mies van der Rohe

El Pabellón Alemán de Barcelona y su silla más icónica se atribuyeron durante décadas solo a Mies van der Rohe. Un contrato de 1928 y patentes industriales recuperadas en 2018 muestran que Lilly Reich fue coautora desde el primer boceto.

✍️ Montse 📅 20 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 30 visitas
Veinte patentes alemanas demuestran que la silla Barcelona no la diseñó solo Mies van der Rohe

Veinte patentes alemanas y un contrato de 1928 que nadie había leído con atención

Durante casi noventa años, cualquier libro de historia de la arquitectura que mencionara el Pabellón Alemán de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 —hoy considerado una de las obras más influyentes del movimiento moderno— atribuía su autoría a un solo nombre: Ludwig Mies van der Rohe. Lo mismo ocurría con la pieza de mobiliario más fotografiada del siglo XX, la silla Barcelona. En 2018, una investigadora, Laura Martínez de Guereñu, becada por la Fundació Mies van der Rohe a través de una ayuda creada específicamente para reparar ese vacío, recuperó en la Oficina Española de Patentes y Marcas cerca de veinte patentes y marcas industriales alemanas registradas entre 1927 y 1929, entre ellas una a nombre de "M. R." presentada el 15 de julio de aquel año. Cruzadas con el contrato original que Mies firmó en noviembre de 1928 —donde se estipulaba explícitamente que todo el trabajo se realizaría junto a una colaboradora llamada Lilly Reich—, esos documentos no dejaban demasiado margen para la duda: el pabellón y la silla que lleva el nombre de una ciudad española fueron, desde el primer boceto, un proyecto conjunto.

De los bordados vieneses al primer puesto de mando del diseño alemán

Reich nació en Berlín en 1885 y se formó primero en bordado y artes aplicadas antes de trasladarse a Viena en 1908, con veintitrés años, para trabajar en los talleres Wiener Werkstätte bajo la dirección de Josef Hoffmann, donde participó en el diseño de mobiliario que hoy se expone en museos como piezas de referencia del diseño centroeuropeo de principios de siglo. De vuelta en Berlín, se especializó en textiles, moda femenina y escaparatismo, un oficio que en la Alemania de los años veinte empezaba a considerarse una disciplina de diseño por derecho propio. En 1912 entró en el Deutscher Werkbund, la influyente asociación que unía a artistas, arquitectos e industriales alemanes bajo el ideal de una producción de calidad para las masas, y el 25 de octubre de 1920 se convirtió en la primera mujer elegida para su junta directiva, un puesto de autoridad que muy pocas diseñadoras de su generación llegaron a ocupar en ninguna organización profesional europea.

Entre 1921 y 1922 organizó para el Newark Museum de Estados Unidos una exposición sobre diseño y moda alemanes que no llegó a recorrer todo el país como estaba previsto, frenada por el sentimiento antialemán que aún persistía tras la Primera Guerra Mundial. A mediados de esa década, trabajando en la oficina de ferias comerciales de Fráncfort, conoció al hombre con quien formaría la sociedad profesional —y personal— más determinante de su carrera: Ludwig Mies van der Rohe, entonces vicepresidente del Werkbund.

Una colaboración que la propia industria del diseño tardó décadas en admitir

En 1927 diseñaron juntos varios interiores para la exposición de vivienda "Die Wohnung" en Stuttgart, incluida una sala revestida de espejo que se convirtió en una de las estancias más comentadas del conjunto conocido como Weissenhofsiedlung. Pero fue la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 la que consolidó la colaboración: Reich fue nombrada directora artística de la sección alemana, y juntos codiseñaron, además del pabellón, la silla Barcelona y la silla Brno, dos piezas que hoy se siguen fabricando y vendiendo como iconos del diseño del siglo XX. Cuando Mies emigró a Estados Unidos en 1938, la autoría exclusiva del pabellón ya se había fijado en la memoria pública y en los libros de texto; Reich, que se había quedado en Alemania al frente de su propio estudio, quedó relegada durante décadas a una nota a pie de página, cuando aparecía mencionada.

En 1932, Mies la había invitado a la Bauhaus como directora artística del taller de acabado de interiores, y allí se convirtió en una de las pocas mujeres en alcanzar el título de "maestra", el segundo caso en la historia de la escuela. Su papel no se limitó a la docencia: también asumió tareas de gestión institucional en los últimos y turbulentos años de la Bauhaus, cerrada definitivamente por el régimen nazi en 1933.

El episodio que ningún artículo en español había contado con este nivel de detalle

Lo que la investigación de 2018 aportó no fue solo una intuición confirmada, sino un método: en lugar de basarse en testimonios o en la reputación posterior de cada figura, rastreó documentación mercantil e industrial —patentes de fabricantes de maquinaria, marcas registradas de mobiliario— para reconstruir qué material y qué diseños circulaban realmente entre los talleres que ejecutaron el pabellón, y cómo se correspondían con los vitrinas y expositores que Reich había diseñado para las secciones industriales de la muestra, hoy reconocidas como un antecedente formal directo de la arquitectura del propio pabellón. La exposición "Re-enactment", que reconstruyó dos de esas vitrinas originales junto a fotografías de archivo, convirtió ese hallazgo documental en algo que el público podía ver con sus propios ojos, no solo leer en un ensayo académico.

Un año que su biografía no puede resolver del todo

La honestidad exige señalar también la parte más incómoda y menos documentada de su historia: cuando Mies se instaló definitivamente en Chicago, Reich viajó a visitarlo en septiembre de 1939, pero decidió regresar a Berlín en lugar de quedarse, una decisión cuyas razones exactas —profesionales, familiares o económicas— no han quedado claramente establecidas en las fuentes disponibles. Permaneció en la Alemania nazi trabajando en su estudio de interiorismo hasta que este fue destruido en un bombardeo aliado en 1943. Según las biografías disponibles, fue entonces enviada a una organización de trabajo obligatorio en la que permaneció hasta el final de la guerra, en 1945; los detalles concretos de en qué consistió ese servicio no están bien documentados, y ninguna fuente consultada aclara si se trató de trabajo industrial de guerra, común entre la población alemana en esos años, u otra forma de movilización forzosa. Es un vacío que merece señalarse como tal, en lugar de rellenarse con suposiciones.

Una muerte discreta y un redescubrimiento tardío

Tras la guerra, Reich dio clases brevemente en la Universidad de las Artes de Berlín, cargo que dejó en 1945 por motivos de salud, y participó en los primeros intentos de reconstituir el Werkbund alemán, disuelto durante el nazismo. Murió en Berlín en diciembre de 1947, antes de que esa reconstitución se formalizara, sin haber visto ningún reconocimiento público comparable al que ya entonces rodeaba a Mies van der Rohe en Estados Unidos. Su nombre permaneció en un segundo plano casi cincuenta años más, hasta que en 1996 el Museo de Arte Moderno de Nueva York organizó la exposición "Lilly Reich: Designer and Architect", la primera muestra dedicada exclusivamente a su trabajo y la que empezó a revertir, en los círculos académicos, la atribución exclusiva a Mies de proyectos que ambos habían firmado juntos en su día. Hoy varias calles alemanas y una en Nantes llevan su nombre, y desde 2018 la Fundació Mies van der Rohe entrega la beca que lleva su apellido para investigar, precisamente, casos como el suyo.

Lo que queda cuando se retira el nombre de un solo autor

La silla Barcelona sigue vendiéndose hoy, sin apenas variación en su diseño, en catálogos de mobiliario de alta gama, casi siempre bajo la firma de un único creador. La historia de Lilly Reich no pide borrar ese nombre, sino añadir el segundo que el contrato original ya incluía en 1928 y que casi un siglo de historiografía prefirió simplificar. Que hiciera falta rastrear patentes de fabricantes de maquinaria de helados y trámites de una oficina de marcas para reconstruir esa coautoría dice menos sobre lo que Reich hizo que sobre lo poco que, durante décadas, alguien se molestó en preguntarlo.

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