¿Venció Amanirenas al Imperio romano, o negoció mientras perdía? Lo que las fuentes no cuentan igual
La reina de Kush enterró la cabeza de una estatua de Augusto bajo las escaleras de un templo como insulto deliberado. Pero los relatos sobre si realmente derrotó a Roma o firmó la paz desde una posición débil no coinciden entre sí.
Una cabeza de bronce enterrada como desafío
En 1910, unos arqueólogos excavando bajo las escaleras de un templo dedicado a la victoria en Meroe, en el actual Sudán, encontraron algo que no encajaba con la arquitectura del edificio: la cabeza de bronce de una estatua del emperador Augusto, colocada deliberadamente bajo el umbral para que cualquiera que entrara al templo la pisara. Hoy se exhibe en el Museo Británico. La explicación que dan las fuentes clásicas es que la cabeza fue arrancada de un monumento romano durante un ataque kushita contra el sur de Egipto, y enterrada allí por orden de una mujer: Amanirenas, kandake —título que los griegos transcribieron como "candace" y que designaba a la reina regente o reina madre— del reino de Kush, que gobernó aproximadamente entre el año 40 a.C. y el 10 a.C.
Un imperio que acababa de anexionarse Egipto
El conflicto entre Kush y Roma estalló apenas seis años después de que Octavio, el futuro Augusto, convirtiera Egipto en provincia romana tras derrotar a Cleopatra y Marco Antonio. Según el geógrafo griego Estrabón, la principal fuente antigua sobre el episodio, la guerra comenzó cuando los kushitas atacaron Siena —la actual Asuán— y las islas de Elefantina y Filae, en la frontera tradicional entre Egipto y Kush, llevándose estatuas romanas como botín. Quien inició esa campaña fue el rey Teriteqas, esposo de Amanirenas, pero murió poco después de comenzar las hostilidades. Fue entonces cuando Amanirenas, junto a su hijo Akinidad, asumió el mando de la guerra.
La versión que casi nadie matiza: la contraofensiva romana
Aquí es donde los relatos empiezan a divergir según qué se decida enfatizar. El prefecto romano de Egipto, Gayo Petronio, respondió al ataque kushita con una fuerza de unos diez mil soldados de infantería y ochocientos jinetes. Arrasó la capital de la región, Napata, y capturó a miles de prisioneros, a los que redujo a esclavitud. En esa misma campaña, según Estrabón, Amanirenas perdió un ojo en combate —la fuente clásica la describe explícitamente como tuerta—, y su hijo Akinidad murió poco después, en el año 24 a.C., dejándola al frente en solitario. Contado así, el episodio se parece más a una derrota militar kushita seguida de una negociación hábil que a la victoria que suelen resumir los titulares de divulgación en español.
Sin embargo, esa no es toda la historia, y aquí está la parte que sí sostiene la lectura de Amanirenas como vencedora: pese a la contraofensiva romana, los kushitas se reorganizaron y lanzaron un nuevo ataque contra Primis (la actual Qasr Ibrim), donde Petronio había dejado una guarnición pensando que la frontera sur del imperio ya estaba asegurada. El asalto no logró tomar la plaza, pero sí demostró a Roma que Kush conservaba capacidad ofensiva y que la guerra no tenía un final barato a la vista. Fue en ese punto, y no antes, cuando ambas partes aceptaron negociar.
Una negociación que Kush ganó en la mesa, aunque no en el campo
En torno al 21 o 20 a.C., embajadores kushitas viajaron hasta la isla griega de Samos, donde Augusto pasaba el invierno, y le entregaron un haz de flechas doradas: si Roma aceptaba la paz, las flechas simbolizaban buena voluntad; si la rechazaba, debía quedárselas porque las necesitaría en la guerra contra Kush. Augusto, que en ese momento necesitaba concentrar recursos en la frontera con los partos y no podía permitirse una guerra prolongada y costosa en el extremo sur de Egipto por un territorio de escaso valor estratégico inmediato, aceptó condiciones sorprendentemente favorables para los kushitas: Roma devolvió unas treinta millas de territorio ocupado, incluida Primis, eximió a Kush del pago de tributo y se retiró a un único fuerte fronterizo. El reino de Kush mantuvo su independencia durante siglos después de este episodio, algo que ningún otro reino fronterizo del imperio en esa región logró.
Por qué esta ambigüedad importa más que zanjarla
La honestidad histórica exige decir que ambas lecturas son defendibles con las mismas fuentes: Amanirenas perdió batallas, una capital y, según Estrabón, un ojo; pero también negoció, desde una posición que no era de sumisión, un tratado que ninguna otra potencia fronteriza arrancó jamás a Augusto. Reducir el episodio a "una reina africana derrotó a Roma" simplifica una historia más interesante: la de una gobernante que entendió que la guerra y la mesa de negociación no eran alternativas excluyentes, sino dos fases de la misma estrategia, y que supo cuándo cambiar de una a otra.
Lo que queda después de dos mil años
Amanirenas gobernó Kush hasta su muerte, hacia el año 10 a.C., y durante su reinado se construyeron numerosas pirámides y templos que todavía se conservan en Sudán, en la región de Meroe, mucho menos visitada y mucho menos conocida que las pirámides egipcias pese a sumar un número de estructuras comparable. Un siglo después, otra kandake guerrera, Amanitore, continuaría esa tradición de mujeres al frente del trono kushita. Que la cabeza de Augusto siga hoy expuesta en Londres, arrancada de su templo original, es quizá el resumen más exacto de la ambigüedad del episodio: un trofeo de guerra kushita exhibido, sin ironía aparente, en el museo del imperio que sucedió a Roma en la práctica de coleccionar el pasado ajeno.