¿Venció Taytu Betul a Italia cortando el agua de un fuerte, o es una leyenda? Lo que dicen los archivos
La emperatriz etíope marchó al frente de una fuerza de artilleros en la batalla que frenó a Italia en 1896. Pero el episodio más citado sobre ella —el corte de agua a un fuerte enemigo— no aparece en los registros del sitio que se le atribuye.
La leyenda dice que cortó el agua de un fuerte italiano. Los archivos no lo confirman
En enero de 1896, un contingente italiano de poco más de mil trescientos hombres resistía atrincherado en un fuerte a medio construir en Mekelle, en el norte de Etiopía, rodeado por un ejército etíope veinte veces superior en número. Según decenas de artículos y vídeos que circulan hoy en inglés, fue la emperatriz Taytu Betul quien ordenó personalmente cortar el suministro de agua del fuerte, la maniobra que dos semanas después obligó a los italianos a rendirse. Es una historia que se repite con tanta frecuencia que ha terminado por convertirse en el resumen más citado de su figura. Hay un problema: los registros históricos más rigurosos del sitio de Mekelle atribuyen el mando de esa operación concreta al general Ras Makonnen, y ni siquiera mencionan a Taytu entre quienes dirigieron el corte del agua. La pregunta que casi ningún artículo en español se ha hecho hasta ahora no es si Taytu Betul fue decisiva en la guerra que frenó a Italia, sino cuál, exactamente, fue esa contribución, y cuál es leyenda construida después.
Siete matrimonios antes de convertirse en emperatriz
Taytu nació hacia 1851 en la región de Semién, en el norte de Etiopía, hija de Betul Haile Maryam, noble local con vínculos remotos con la dinastía salomónica que gobernaba el país. Antes de casarse con quien sería el emperador Menelik II, tuvo, según las fuentes biográficas disponibles, hasta seis matrimonios y compromisos anteriores marcados por la inestabilidad política de la época: un primer marido encarcelado, una separación en busca de mejores prospectos, un tercer matrimonio roto después de que ella misma incitara a su esposo a rebelarse contra el entonces emperador Yohannes IV. Se casó con Menelik —todavía rey de Shewa, no emperador— en abril de 1883, desplazando a una favorita anterior de la corte. La unión combinó algo más que afecto: aportaba a Menelik las conexiones familiares del norte del país y una fortuna propia considerable, mientras que él ofrecía el poder consolidado del sur. Fueron coronados emperador y emperatriz en 1889, el mismo año en que ambos fundaron, sobre un paraje de aguas termales, la que se convertiría en la nueva capital: Adís Abeba.
El tratado que ella se negó a aceptar
Ese mismo 1889, Menelik firmó con Italia el Tratado de Wuchale, que reconocía la independencia etíope a cambio de concesiones territoriales. El problema surgió después: la versión en italiano del tratado contenía una cláusula, el artículo 17, que convertía a Etiopía en un protectorado bajo tutela italiana; la versión en amárico, la que habían firmado los etíopes, no decía tal cosa. Cuando Italia empezó a presentar el texto italiano como vinculante ante las potencias europeas, Taytu fue, según las crónicas etíopes de la época, una de las primeras voces de la corte en negarse a aceptar esa lectura, presionando a un Menelik más proclive a ganar tiempo con respuestas evasivas —su fórmula habitual, "Ishi, nega", "sí, mañana"— para que rompiera formalmente el tratado, algo que Etiopía hizo en 1893. La ruptura llevó directamente a la guerra ítalo-etíope de 1895-1896, el conflicto que terminaría en Adua.
Lo que sí puede documentarse sobre Adua, y lo que se ha exagerado
El 1 de marzo de 1896, el ejército etíope derrotó de forma contundente a las fuerzas italianas en la batalla de Adua, en lo que se convertiría en una de las pocas victorias africanas decisivas frente a un intento de colonización europea durante el llamado Reparto de África, y la que garantizó la independencia etíope durante las siguientes cuatro décadas. Las fuentes coinciden en que Taytu marchó junto al ejército imperial y comandó personalmente una fuerza de artilleros durante la campaña, un dato que sí figura de forma consistente en las biografías disponibles y que la sitúa, de manera verificable, al mando de tropas en un contexto bélico, algo excepcional para una mujer de la corte etíope de la época. Lo que resulta más difícil de sostener con la misma solidez es la idea, repetida en numerosos artículos de divulgación en inglés, de que ella diseñó personalmente la estrategia general de la campaña o que estuvo detrás, en particular, del corte de agua en el sitio previo de Mekelle: los registros de ese episodio concreto sitúan el mando de las operaciones en manos de Ras Makonnen, primo y general de confianza de Menelik, y no mencionan a la emperatriz entre quienes decidieron la táctica.
Esa distinción importa porque no resta mérito a Taytu: la convierte en una figura más interesante que el resumen viral. No hizo falta que ella personalmente ideara cada maniobra militar para que su papel fuera decisivo; su influencia se documenta, de forma más sólida, en el terreno político —la negativa a aceptar el Tratado de Wuchale— y en el simbólico, al frente de una unidad de combate real durante la batalla que definió la independencia de su país. Reducir su aportación a una sola anécdota táctica, por atractiva que resulte, oscurece el hecho más verificable: que fue una de las arquitectas de la decisión de ir a la guerra, no solo una espectadora armada de la victoria.
La villana en las postales italianas, la heroína en las iglesias etíopes
La derrota de Adua tuvo una consecuencia curiosa en la memoria colectiva italiana: durante décadas, la prensa y la propaganda de Italia construyeron una imagen de Taytu como mujer despótica, vanidosa y cruel, alimentando incluso rumores sin base documental de que había ordenado mutilar a soldados italianos heridos tras la batalla. Esa caricatura fue tan persistente que en 1974 un diseñador italiano de vajillas, Emilio Bergamin, bautizó con su nombre —"Taitù"— una colección de porcelana que, según recoge su propia casa, se sigue fabricando hoy. En Etiopía, mientras tanto, y sobre todo entre la comunidad ortodoxa, a la que hizo generosas donaciones y en cuyo nombre peregrinó a Jerusalén, se la sigue recordando como una gran emperatriz. Dos memorias del mismo episodio, construidas por los dos bandos, que apenas coinciden en algo más que en el nombre.
El ocaso: de regente en la sombra a exiliada dentro de su propio país
Tras un infarto cerebral que incapacitó a Menelik hacia 1906, Taytu asumió de facto buena parte de las decisiones de gobierno, lo que le granjeó la enemistad de la nobleza cortesana, que la acusó de nepotismo y de favorecer sistemáticamente a su clan familiar de Semién. El propio Menelik, previendo el conflicto, eligió como esposa del heredero designado, su nieto Lij Iyasu, a una mujer sin ningún vínculo con la familia de Taytu, en un intento de contener su influencia futura. La maniobra no bastó: en 1910, un consejo de regencia encabezado por Ras Tessema Nadew la apartó formalmente del poder, limitando su papel al cuidado personal de su marido, ya postrado. Menelik murió en 1913; Taytu fue desplazada al palacio de Entoto, donde vivió sus últimos años con una influencia política mucho más discreta, aunque la emperatriz Zauditu —hija de Menelik y amiga cercana de Taytu desde hacía décadas— le ofreció volver a la corte tras la caída de Iyasu en 1916. Taytu declinó la invitación y murió en 1918, en el monasterio de Entoto Maryam, con vistas a la ciudad que ella misma había ayudado a fundar treinta años antes.
Por qué merece la pena contarla sin la leyenda del agua
La versión simplificada de Taytu Betul —la estratega que por sí sola derrotó a un ejército europeo cortando un grifo— es más fácil de compartir que la real, pero también más pequeña. La mujer que documentan los archivos etíopes e italianos por igual es más compleja: una noble del norte que llegó al trono tras una vida de matrimonios rotos y alianzas calculadas, que se negó a firmar su propia subordinación en un tratado internacional, que cabalgó al frente de artilleros en una de las batallas más decisivas de la historia colonial africana, y que terminó sus días apartada del poder por las mismas dinámicas cortesanas que había dominado durante dos décadas. Que Etiopía siga siendo, junto con Liberia, una de las dos naciones africanas que nunca llegaron a ser colonizadas de forma permanente no se explica por una sola anécdota, sino por decisiones como las suyas, tomadas mucho antes de que sonara el primer disparo en Adua.