En vivo
Todas
Ciencia y Descubrimiento
Poder y Liderazgo
Arte y Pensamiento
Coraje y Resistencia

Vio el retroceso atómico antes que Hahn y Meitner, y su universidad le exigió dimitir por comprometerse: quién fue Harriet Brooks

Fue la primera estudiante de posgrado de Ernest Rutherford y una de las primeras personas en entender que un elemento radiactivo podía convertirse en otro. En 1906, la decana de Barnard le escribió que su boda debía ser también su renuncia.

✍️ Montse 📅 22 de September de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 2 visitas
Vio el retroceso atómico antes que Hahn y Meitner, y su universidad le exigió dimitir por comprometerse: quién fue Harriet Brooks

Harriet Brooks, la física que respondió por escrito a la decana que la quería en casa

En 1906, una joven profesora de física del Barnard College, la rama femenina de la Universidad de Columbia en Nueva York, comunicó a la dirección que se había comprometido con un colega. La respuesta de la decana, Laura Gill, fue inmediata y sin matices: el bien de la institución y «la dignidad del lugar de la mujer en el hogar» exigían que su matrimonio fuera, al mismo tiempo, su dimisión. La profesora se llamaba Harriet Brooks, tenía veintinueve años y había trabajado ya con Ernest Rutherford y J. J. Thomson; poco después lo haría con Marie Curie. También había observado, antes que nadie, un fenómeno que años más tarde anunciarían como novedad Otto Hahn y Lise Meitner. Lo que escribió en su contestación a la decana es, más de un siglo después, el motivo por el que su nombre ha vuelto a circular entre historiadores de la ciencia.

De una familia de nueve hermanos al laboratorio de Rutherford

Brooks nació el 2 de julio de 1876 en Exeter, Ontario, la tercera de nueve hijos de un viajante de comercio, según el Dictionary of Canadian Biography. La familia se movió durante años por Ontario y Quebec hasta instalarse en Montreal, donde su madre animó a las hijas a seguir estudiando. En 1894 entró en la Universidad McGill y en 1898 se graduó con matrícula de honor en matemáticas y filosofía natural, además de la Medalla de Oro Anne Molson al mejor expediente.

En McGill acababa de instalarse un físico neozelandés llamado Ernest Rutherford, que en 1908 ganaría el Nobel de Química. Brooks se convirtió en su primera estudiante de posgrado y en 1901 obtuvo un máster, el primero concedido a una mujer por esa universidad. Pasó después por el Laboratorio Cavendish de Cambridge, con J. J. Thomson, el descubridor del electrón, y regresó a Montreal como ayudante de investigación de Rutherford.

Lo que Brooks descubrió, y lo que otros publicaron después

Su contribución más citada tiene que ver con la llamada «emanación» del torio, una sustancia radiactiva que se desprendía del elemento y que nadie sabía muy bien cómo clasificar. Brooks fue la primera en demostrar que se trataba de un gas, con un peso molecular estimado entre 40 y 100, según recoge Encyclopedia.com a partir de los trabajos de los historiadores Marelene y Geoffrey Rayner-Canham. Ese dato, aparentemente técnico, era decisivo: si de un elemento sólido surgía un gas distinto, los elementos no eran inmutables, sino que se transformaban unos en otros. Hoy ese gas se llama radón, y la revista Physics Today sitúa a Brooks entre las primeras personas en reconocer que aquella emisión no era radiación alfa, beta ni gamma, sino un elemento nuevo.

El segundo hallazgo es el que mejor ilustra cómo funcionaba el reparto del mérito. Brooks observó que, al desintegrarse, un átomo radiactivo podía «retroceder» y depositar parte de su actividad en superficies cercanas, un efecto que hoy se conoce como retroceso atómico. Según la biblioteca científica Linda Hall, cuatro años más tarde Lise Meitner y Otto Hahn describieron el mismo fenómeno con entusiasmo; Rutherford les advirtió enseguida de que Brooks lo había visto antes, y Hahn terminó reconociéndola como primera observadora en su autobiografía. El reconocimiento existió, por tanto. Lo que no existió durante décadas fue su difusión fuera de un círculo reducido de especialistas.

Una cadena de transformaciones

Para los Rayner-Canham, cuya biografía de 1992 rescató su figura, la aportación de fondo más importante de Brooks fue identificar que el radio, el uranio y el torio no se desintegran en un solo paso, sino en secuencias sucesivas. La misma fuente señala que la importancia de sus trabajos solo empezó a reconocerse de forma amplia en los años ochenta del siglo XX, medio siglo después de su muerte.

El ángulo menos contado: la carta, y lo que pasó después de enviarla

Brooks empezó a enseñar física en Barnard a mediados de la década; las fuentes no coinciden en si fue en 1904 o en 1905. Allí se reencontró con Bergen Davis, un físico de Columbia al que había conocido en Cambridge. Cuando anunció el compromiso, la decana le respondió que, cuando se celebrara la boda, debía terminar su relación oficial con el centro. Brooks no aceptó la premisa. En la carta con la que contestó, citada tanto por Physics Today como por la Universidad McGill, escribió que consideraba un deber hacia su profesión y hacia su sexo demostrar que una mujer tiene derecho a ejercer su oficio y no puede ser condenada a abandonarlo solo porque se casa. Y añadió una pregunta difícil de rebatir: cómo podían justificarse las universidades femeninas, que invitaban a las mujeres a entrar en las profesiones, si después les negaban ese principio.

No estaba sola. La directora del departamento de Física de Barnard, Margaret Maltby, la respaldó. Pero la decana se amparó en el patronato del centro, para el que ser mujer casada y académica de éxito resultaba incompatible. Lo que ocurrió a continuación es uno de los puntos en los que las fuentes no coinciden, y conviene decirlo: todas coinciden en que Brooks rompió el compromiso con Davis, pero mientras la Universidad McGill afirma que abandonó Barnard, otras reconstrucciones indican que primero aceptó quedarse y que se marchó poco después. Lo que no está en discusión es el resultado: a finales de 1906 ya no enseñaba allí.

Un viaje con Máximo Gorki y un laboratorio en París

El episodio siguiente es el que casi ninguna semblanza en español recoge. Según el Dictionary of Canadian Biography, en el verano de 1906 Brooks se retiró a una casa en las montañas Adirondack gestionada por John y Prestonia Martin, dos destacados socialistas fabianos, a través de los cuales conoció al escritor ruso Máximo Gorki. Viajó con el grupo de Gorki desde Nueva York hasta Capri y, tras una breve estancia en la isla, se instaló en París para investigar en el Institut du Radium de Marie Curie. Allí, según McGill, trabajó con André Debierne precisamente sobre el retroceso de los átomos radiactivos.

A comienzos de 1907, Rutherford, recién trasladado a Mánchester, le ofreció una beca de prestigio para volver a su grupo. Brooks renunció a su puesto en París y, acto seguido, le escribió para decirle que se había comprometido y que rechazaba la beca. Se casó el 13 de julio de 1907 en Londres con Frank Pitcher, que había sido su instructor de laboratorio en McGill. Tenía treinta y un años. No volvió a investigar.

La paradoja resulta incómoda para cualquier relato simplificado: la mujer que escribió uno de los alegatos más claros contra la obligación de elegir entre ciencia y matrimonio terminó, un año después, eligiendo. La emisora pública canadiense CBC lo interpreta como la decisión de quien había visto que ninguna institución le permitiría ambas cosas. No se conoce ningún documento en el que Brooks explique su elección, y cualquier lectura sobre sus motivos es, en rigor, una conjetura.

Una vida en Montreal marcada por dos pérdidas

De vuelta en Montreal, Brooks tuvo tres hijos. Se implicó en la Federación Canadiense de Mujeres Universitarias, desde donde ayudó a otras investigadoras a conseguir becas, según la biblioteca Linda Hall. La misma fuente documenta dos tragedias familiares: su hijo Charles murió de meningitis a los catorce años, y en marzo de 1929 su hija Barbara, de dieciocho, desapareció entre dos clases en McGill y fue encontrada ahogada semanas después.

Harriet Brooks murió el 17 de abril de 1933, a los cincuenta y seis años, tras una larga enfermedad cuya naturaleza no se hizo pública. El museo canadiense Ingenium apunta que probablemente se debió a su exposición a materiales radiactivos, manipulados entonces sin protección; es una hipótesis razonable, pero no está documentada y debe leerse como tal. Rutherford envió una necrológica a la revista Nature destacando sus aportaciones.

Por qué esta historia importa hoy

En 2002, Brooks entró en el Salón de la Fama de la Ciencia y la Ingeniería de Canadá. Su historia suele contarse como un caso más del efecto Matilda, pero encaja peor en ese molde de lo que parece: Rutherford defendió su prioridad, Hahn la reconoció y una jefa de departamento dio la cara por ella. Lo que la apartó de la física no fue el robo de un hallazgo, sino una norma laboral —la exclusión de las mujeres casadas— que muchas instituciones aplicaban como algo natural y que en varios países sobrevivió en la docencia y la función pública hasta bien entrado el siglo XX. Su carrera investigadora duró poco más de una década. La pregunta que deja abierta no es qué descubrió, sino qué habría descubierto una científica que, antes de cumplir treinta años, ya había visto cómo un átomo se convertía en otro.

Compartir:
Artículos relacionados
🔬 Ciencia y Descubrimiento
¿Por qué el Nobel de 1950 no fue para Marietta Blau? La física vienesa que inventó el método que otro vio premiado
Inventó el método fotográfico para ver partículas y descubrió las «estrellas de desintegración». Huyó de los nazis en 1938 y en 1950 el Nobel fue para otro. Así se perdió su lugar.
🔬 Ciencia y Descubrimiento
La «bruja de Agnesi» no era una bruja ni la descubrió ella: lo que de verdad hizo Maria Gaetana Agnesi
No descubrió la curva que lleva su nombre ni era una bruja, y quizá nunca pisó su cátedra de Bolonia. Maria Gaetana Agnesi escribió algo mejor: un manual de cálculo que se usó durante décadas.
🔬 Ciencia y Descubrimiento
La primera médica de Cuba dejó la medicina a los 41 años: qué sabemos, y qué no, de Laura Martínez de Carvajal
Fue la primera mujer licenciada en Medicina en Cuba y la primera oftalmóloga de la isla. Se retiró a los 41 años, y las fuentes ni siquiera coinciden en cuándo murió su marido.